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Comunicación telefónica con el mundo de los sueños

Comunicación telefónica con el mundo de los sueños

“Desde que somos chicos se nos inculca la idea de no dar crédito alguno a los sueños; es curioso que a lo largo de tiempo permanezcamos ciegos y sordos ante los mensajes provenientes de un país que, como sabemos de antemano, consta de pantanos y manglares cenagosos. Y esto no es todo: las imágenes con las cuales nuestro aguzado instinto -es decir, nosotros mismos- habla, se vuelven absurdas y engañosas, porque desde chicos las hemos tenido por fantasmagóricas, o bien como un mosaico formado por los fragmentos de recuerdos vividos durante la vigilia.
Existe un método muy sencillo de poner a prueba el asunto, suponer que los sueños dicen la verdad. Paracelso fue quien probablemente descubrió el misterio, que consiste en escribir con mucho cuidado los sueños, como si fuera un diario nocturno en lugar de uno vespertino, que la mayoría de las veces resulta harto aburrido. Las consecuencias las he experimentado sobre mí mismo, y éstas son: pasado un tiempo prudencial, según la conducta del individuo, se establece una comunicación telefónica con la “otra” región; los sueños adquieren entonces más vida, color e interés. Se requiere bastante tiempo y paciencia, hasta que el vocero del sueño se convence de que no será objeto de burla. Es muy sensible, como un íntimo amigo, o -mejor dicho- como la conciencia de cada cual.

Existen múltiples historias, según las cuales los sueños han predicho esto o aquello, por ejemplo una muerte violenta; se trata de algo así como una profecía inevitable, pues quien ha sido avisado busca inútilmente obtener los medios para escapar.

Según la crónica familiar del conde de Bohemia, de nombre Rosenberg, este cuenta cómo un día, en tiempos de Waliensteins, la condesa soñó que su joven hijo sería mordido y muerto por un león. Días después, preparándose una cacería por los alrededores, la condesa, con clásica lógica femenina, prohibió a su hijo tomar parte en ella. Es evidente que en los bosques de Bohemia no hay leones, pero supongo que la condesa contestaría: “No importa, de cualquier forma puede ser mordido”. De modo que encerró al joven en el patio del castillo. El muchacho, furioso, iba de un lado a otro del patio cuando vio en una esquina de la muralla un lienzo, con la figura de un león, que cubría una abertura para disparar ballestas.
“¬Por culpa de esa bestia estúpida no he podido ir de caza!”, exclamó el joven, dando un puñetazo a la tela.
De la garganta del animal salió entonces una punta de cristal que, clavándosela en la mano, le condujo a la muerte.
Es comprensible que hechos tales hagan pensar a los hombres que no se puede escapar del destino, incluso sabiendo de antemano las circunstancias que lo rodean.

No me importa reconocerlo, la teoría de la prefijación del destino es cierta. Este hecho, por más doloroso que sea, no significa adoptar la actitud del avestruz: taparse los ojos ante el peligro. La idea de que una divinidad juega con nosotros, pretextando que lo hace por nosotros como disculpa, es todavía menos consoladora. Si creemos en el Fatum tenemos al menos una posible salida por el sitio más débil de la red. Reflexionando sobre el hecho, surge esta pregunta: ¿Quién depende del Fatum? ¿Quién es éste, en el profundo sentido de la palabra? ¿Existe alguien que se haya planteado seriamente esta pregunta? 0 bien, actuando en consecuencia, ¿hay alguien a quien el Fatum le haya ayudado a plantearse esta pregunta? Entonces surge a nuestros pies esta contestación:

¡Tú mismo eres el Fatum!

¿Yo? ¿Quién soy yo? Respuesta: Sin duda no eres el que va de un lado a otro, atrapado en la red de las causas y los efectos. Eres una sombra carente de libertad que desgraciadamente imagina ser el misterioso ser que forma la sombra; si logras encontrarla en el profundo abismo donde se generan las cosas, podrás ser libre, podrás quitar los goznes a tu estrella y señalarle el camino que te apetezca.

Volvamos al ejemplo de la condesa Rosenberg, ¿quién era aquella voz que le anunció: “Tu hijo será mordido por un león”. Un misterioso y vocinglero pajarraco de la muerte, que no tenía nada mejor que anunciarle: “Esto sucederá y no hay escapatoria posible”.
Fue la condesa quien colocó su propio sello en el pájaro de la muerte; éste sólo quería prevenirla, pero la condesa, aunque tenía oídos, no podía oír. Si hubiera sabido el camino que conduce a la fuente de todas las cosas, el país ilimitado de los sueños verdaderos, no se hubiera dejado arrastrar al pantano de los fuegos fatuos.

¿Qué error cometió? Trataré de explicarlo por medio de un suceso en el cual tomé parte:

Era otoño de 1921; en aquel tiempo el canto de sirenas que decía “Traed el oro al Banco de la Nación” ya había dejado de sonar, no porque el Banco de la Nación estuviera cansado de recibir ingresos, sino porque el oro del país sólo se utilizaba para empastar los dientes. De modo que, siguiendo mi sentido común, compré -por medio de un viejo papel de Bolsa- un automóvil también viejo. Los vendedores juraron que no tenía grietas y roturas, pues aquellas habían sido cubiertas con grafito (las del coche, naturalmente, ya que las de las conciencias estaban cubiertas por la promesa de las palabras).

El artefacto tenía un aspecto lamentable; como es natural, estaba libre de impuestos. Me aseguraron que el motor se conservaba en buen estado.
De modo que, por el momento, decidí guardar el coche en un garaje, para hacerle colocar después, en Garmisch, una carrocería nueva. El día de la reparación se aproximó y mi mujer soñó lo siguiente:

En el coche viajábamos cuatro personas: ella iba a la derecha del asiento posterior, a su lado nuestro hijo. Delante iba yo, conduciendo el vehículo, y sentada junto a mí, a mi izquierda, mi hija. Todo parecía ir bien; giramos y entramos en una especie de avenida que se extendía por un paisaje de colinas; al lado de la carretera había un profundo precipicio; de pronto, el coche se acercó a la derecha y cayó en el abismo. Mi mujer y mis hijos resultaron heridos de gravedad; en cuanto a mí, ¡resulté muerto!

Después de esto no sabía qué hacer con el coche: ¿regalarlo? No parecía oportuno, dado su lamentable estado. ¡El sueño de mi mujer se repitió! Una vez, dos veces… ¡toda la semana! El asunto me tenía tan preocupado que pensé en destruir el auto y llevarlo a un desguace.
Pensé en el caso de la condesa Rosenberg, y decidí hacer otra prueba. Antes de dormirme, intenté llegar al sueño profundo, a la incógnita. ¿Qué debo hacer para escapar al Fatum? Durante mucho tiempo no recibí respuesta alguna, pero insistí una y otra vez. Un día desperté con la “conciencia” clara; no puedo explicarlo de otro modo: “Oculta la imagen que ha soñado tu mujer!” Ese fue aproximadamente el consejo que grabó en mi interior el “enmascarado”.

Mi mujer había soñado que iba a la derecha del asiento trasero; yo iba al volante, a la derecha. Efectué la siguiente distribución: mi mujer se sentaría a la izquierda; a su lado, mi hija, y después mi hijo; yo me sentaría delante y a la izquierda, pero al volante… ¿quién?
Llamé por teléfono a un conocido mío, comerciante en automóviles, llamado W.
-¨¿Tendría la amabilidad de llevarnos a Garmisch, conduciendo usted el automóvil?
-Con mucho gusto -respondió, y fijamos el día.

Luego llamé al mecánico del garaje donde estaba el coche, diciéndole que verificara otra vez todos los detalles, especialmente las ruedas de la derecha (suponía que allí había algún defecto, pues mi mujer soñó que el auto se había precipitado a la derecha).
Llegado el día fijado, me desperté muy de mañana, preso de grandes remordimientos. ¡Vas a poner al señor W. en peligro de muerte! Me comuniqué con él, pero no llegué a decir nada, pues me interrumpió con estas palabras:

-Me alegro que me haya llamado usted, pues hoy no puedo llevarles a Garmisch, ¡me ha salido un forúnculo en el cuello y me encuentro muy molesto!
¿Significaría esto que el Fatum se sirve de un forúnculo para rompernos el cuello a nosotros cuatro?

Llamé a Garmisch: el jefe del taller se puso al habla.
Por favor, señor X, mándeme usted un chófer!
– ¿Por qué?
– No me atrevo a conducir el coche: temo que quizá tenga un defecto. Pregunte usted, a su mecánico, por favor, si está dispuesto a llevar el coche.
Al poco llegó la respuesta.
– Dice que está dispuesto.
Fui al garaje.
– ¿Han examinado todo?
– Sí todo está en orden.
-Por favor, le ruego que examine en mi presencia las ruedas de la derecha.
El mecánico se encogió de hombros sonriendo y obedeció de mala gana.
– ¿Qué es esto? – exclamó de repente -. ¡No entiendo cómo antes se me pudo haber pasado! Las conexiones del eje posterior están rotas. ¡Sospecho que han tapado las roturas con grafito!
– ¿Es posible que durante el viaje se salgan las ruedas?
– No, de ningún modo; puede ocurrir que, de pronto, queden bloqueadas; si el coche va muy de prisa, puede resbalar y volcarse.
– ¿Existe algún peligro yendo despacio?
– Así es poco probable que ocurra.

En ese momento llegó el chófer de Garmisch. Le informé del defecto del coche, y después de un detallado diálogo se declaró dispuesto a ir con nosotros de retorno. Subimos al coche, colocándonos en la forma mencionada; yo
me senté‚ a la izquierda del conductor. El coche se puso en marcha enseguida. A las dos horas, cuando pasábamos por Weilheim, mi mujer, dándome unos golpecitos en la espalda, me indicó un precipicio que empezaba a verse ante nosotros.
– ¡Allí! ¡Es un lugar exactamente igual a mi sueño!
– ¡Vaya usted lo más despacio posible! – grité al chófer – ¡No pase de los diez kilómetros por hora!
El hombre se rio burlonamente.
– ¡Haga usted lo que le digo! -ordené
El coche comenzó a derrapar.
– ¿Oye usted eso? – pregunté de repente el conductor – ¡Ahora! ¡Otra vez!, en la parte trasera…
En ese momento el auto basculó como un caballo al que le hubieran cortado los tendones de las patas traseras. Con un movimiento rápido, el hombre accionó los frenos. El coche se detuvo; un poco más de velocidad y hubiéramos caído al precipicio que se encontraba a la derecha.
Después del examen correspondiente, resultó que la rueda no se había salido de su eje, sino que la llanta había saltado. Era ese tipo de llanta denominada “príncipe real”. Como consecuencia del accidente, algunos rayos se desencajaron.
– Más les valiera a los príncipes reales gobernar y no inventar – maldijo el chófer.
En todo caso ¡el Fatum había sido derrotado! Tan sólo con tomar algunas medidas especiales y casi infantiles.
Un fatalista diría:
– Estaba escrito en las estrellas que no caerías en el precipicio.
El astrólogo diría:
– No, ha sido una prueba para demostrar que el hombre, utilizando su inteligencia, puede ser dueño y señor de su destino.
A mi parecer, ninguno de ambos tiene razón: la salvación proviene de la fuente que surge del sueño profundo. El escuchar su murmullo bastó para que la red del Fatum encontrara los agujeros de la falla en su red.”

Gustav Meyrink, escritor

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El perro blanco

“Una noche, cuando volvía a su casa tras haber estado bebiendo más de la cuenta, un hombre se encontró con un enorme perro blanco, que tumbado en el camino le cortaba el paso.
Le propinó unos violentos puntapiés con objeto de espantarlo y allí lo dejó tendido y rígido.

Llegó a su casa y ¿qué diréis que oyó al andar por la habitación?… ¿Qué sintió trepar a su lecho y deslizarse entre las sábanas?… Otra vez el perro blanco, que lo apretó con fuerza entre sus patas.
Imaginaos la sorpresa de su mujer cuando al día siguiente por la mañana encontró a su marido arrebujado entre los brazos velludos de un gran diablo negro que lo había estrangulado…
El cura, al que se avisó con toda urgencia, tuvo considerables dificultades para expulsar al indeseable que parecía encontrarse muy a gusto en aquella cama.”

Claude Seignolle,  editor maestro y escritor 
Cuentos e historias que sobre el diablo que recopiló Claude Seignolle por los campos de Francia a principios del siglo XX

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¡Fuera los pusilánimes!

“Lo que necesitamos es un deseo apasionado de crecer, de ser. ¡Fuera los pusilánimes y los escépticos, los pesimistas y los tristes, los fatigados y los pasivos! La Vida es un perpetuo descubrimiento. La Vida es movimiento.”

Pierre Teilhard de Chardin, religioso, paleontólogo y filósofo
El porvenir del hombre

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¿Soy un extraterrestre?

Admirando la galaxia

“¿Soy un extraterrestre? ¿Pertenezco a una nueva raza en la Tierra, criado por hombres del espacio exterior en abrazos con mujeres de la Tierra? ¿Mis hijos son vástagos de la primera raza interplanetaria? ¿El crisol de la sociedad interplanetaria ya ha sido creado en nuestro planeta, como el crisol de todas naciones de la Tierra se estableció en los USA hace 190 años?” “¿O esta idea se relaciona con las cosas a venir en el futuro? Pido mi derecho y privilegio de tener tales ideas y hacer tales preguntas sin ser amenazado de ser encarcelado por cualquier agencia administrativa de la sociedad…. Ante una jerarquía de censura científica rígida, doctrinaria, autoelegida y lista para matar parece tonto divulgar tales ideas. Cualquiera lo suficientemente maligno podría hacer cualquier cosa con ellas. Todavía el derecho de estar equivocado tiene que ser mantenido. No deberíamos temer a entrar en un bosque porque hay gatos monteses por ahí en los árboles. No deberíamos ceder nuestro derecho a la especulación bien controlada. Es a ciertas preguntas implicadas en tal especulación a lo que los administradores del conocimiento establecido temen…. Pero al entrar en la edad cósmica debemos insistir ciertamente en el derecho a preguntar nuevas preguntas, incluso las preguntas tontas, sin ser molestados.”

Wilhelm Reich, Psicoanalista
Tomado del libro de David Icke, El mayor secreto

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El tiempo del hombre

El tiempo del hombre

“La partícula cósmica que navega en mi sangre
es un mundo infinito de fuerzas siderales.
Vino a mí tras un largo camino de milenios
cuando tal vez fui arena para los pies del aire.

Yo no estudio las cosas ni pretendo entenderlas.
Las reconozco, es cierto, pues antes viví en ellas.
Converso con las hojas en medio de los montes.
Y me dan su mensaje las raíces secretas.

Y así voy por el mundo, sin edad ni destino,
al amparo de un cosmos que camina conmigo.
Amo la luz y el río, y el silencio, y la estrella.
Y florezco en guitarras porque fui la madera.”

Atahualpa Yupanqui, seudónimo de Héctor Roberto, cantautor, guitarrista, poeta y escritor argentino

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Una leyenda

“Hay una leyenda sobre un pájaro que canta sólo una vez en su vida, y lo hace más dulcemente que cualquier otra criatura sobre la faz de la tierra.
Desde el momento en que abandona el nido, busca un árbol espinoso y no descansa hasta encontrarlo. Entonces cantando entre las crueles ramas se clava él mismo en la espina más larga y afilada.
Y al morir envuelve su agonía en un canto más bello que el de la alondra y el del ruiseñor. Un canto sublime al precio de la existencia.
Pero todo el mundo enmudece para escuchar, y Dios sonríe en el cielo.
Pues lo mejor solo se compra con grandes dolores… al menos así lo dice la leyenda.”

Colleen Margaretta McCullough, escritora

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Yo no aplasto la corola de milagros del mundo

“Yo no aplasto la corola de milagros del mundo
y no destruyo con mi pensamiento
los misterios que en mi camino encuentro
en flores, en ojos, sobre labios o tumbas.
Otros con su inteligencia
ahogan el encanto de lo impenetrable, de lo escondido
en los abismos oscuros,
mas yo con mi luz acreciento el misterio del mundo;
y así como la luna con sus rayos brillantes
no disminuye, sino temblorosa
extiende aún más el secreto de la noche,
así yo enriquezco el sombrío horizonte
con amplios estremecimientos de sagrado misterio;
y todo lo que es incomprensible
se torna aún más incomprensible
bajo mis ojos
pues así yo amo
flores y ojos y labios y tumbas.”

Lucian Blaga,  poeta, dramaturgo y filósofo rumano

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Yo no creo en las meigas…

Marqués: Luego. Otros creen que vuelan las brujas
Zambapalo: ¿Pues no?
Marqués: No, ignorante
Zambapalo: Yo pregunto, como es que soy un lego
Marqués: Úntanse todas
Zambapalo: ¿Y luego?
Marqués: Provoca un sueño aquel unto
Que es un opio de beleño
Que el demonio les ofrece,
De calidad, que parece
Que es verdad lo que fue sueño;
Pues como el demonio espera
Solamente en engañar
Luego les hace soñar
A todas de una manera;
Y así piensan que volando
Están cuando duermen más,
Y aunque no vuelan jamás,
Presumen en despertando
Que cada una en persona
El becerro ha visitado,
Y que todas han paseado
Los campos de Barahona;
Siendo así que vive Dios,
Que se ha visto por momentos
Durmiendo en sus aposentos
Untadas a más de dos.

Francisco de Rojas Zorrilla, dramaturgo
Lo que quería el Marqués de Villena