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iClassics en Kickstarter

iClassics

iClassicsEscuchar el gemido de una puerta mientras la lluvia repiquetea en las ventanas. Discernir en la penumbra unos ojos que se iluminan mientras la música de los violines va subiendo… Muchas de estas sensaciones que la imaginación del lector ha recreado en su mente mientras leía a Poe, Dickens o Lovecraft cobran vida en móviles y tablets gracias a iClassics y sus colecciones de relatos animados y sonorizados.

Aviso: Esto no es un libro, es una lectura interactiva donde las sensaciones cobran vida propia. ¡Experimenta! Escucha, toca, mueve tu dispositivo y atrévete a descubrir detalles que no se aprecian a simple vista.

Con esta sugerente advertencia introduce iClassics los últimos títulos de sus colecciones iWildeiLovecraft e iDickens, iPoe y que pronto ampliarán la familia con iDoyle. Pero ¿en qué consisten estas aplicaciones de iClassics? Vendrían a ser una traslación a la era digital y táctil de los libros pop-up o desplegables, que tanto despertaban el asombro de los pequeños y no tan pequeños. en ellas se nos relatan de manera muy visual y participativa algunos de los textos imperecederos de autores como los ya mencionados Charles Dickens, Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft, Oscar Wilde y Conan Doyle.

The Raven_square

iClassics acaba de abrir una campaña de micro-mecenazgo en Kickstarter cuya finalidad es la de poner a disposición sus apps literarias a los dispositivos Android:

http://kck.st/25K6uaI

Desde Mistérica apoyamos este proyecto y si te gustan las nuevas sensaciones digitales las apps de iClassics no te van a defraudar.

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La noche en que el ciudadano nos la jugó

¿Qué sería del mundo sin bromas? Tal están las cosas hoy en día, que muchos nos preguntamos cuándo se acabó de matar el humor en el mundo posmoderno. Y es que al humor no se le puede reprochar nada, siempre y cuando respete los límites de sus propias perspectivas. El humor es vida que decía el gran Groucho, pero también es mucho más. Por medio del humor que hace surgir la risa de lo más profundo de nuestro ser, juzgamos el mundo, como indicaba Bergson. El ojo crítico con el que juega el humor nos permite seguir creyendo —todo lo posible— en la libertad de expresión y en el poder de las sonrisas. Gracias a las parodias el ser humano supera sus traumas: así han demostrado los diferentes pueblos que han conseguido desarrollar la no fácil tarea de reírse de sí mismos, y prueba de ello es Blackadder Goes Forth (1989), donde un joven Rowan Atkinson se reía de la I Guerra Mundial; igual lo hemos intentado nosotros —los míticos sketches de Gila— con la Guerra Civil —Plaza España (2011)—, pero con poco éxito… debe ser que aún somos reacios a superar ciertas cosas, una lástima. ¡Y lo que nos hemos reído de los nazis! Los hemos transformado desde zombis —Zombis nazis (2009)— hasta seres rencorosos que huyeron del planeta y esperaron su regreso en el espacio —Iron Sky (2012)—. Pero aun así, desde esta óptica, si una revista satírica hoy en día ataca a un conjunto ideológico de esta índole en nuestro país, seguimos sorprendiéndonos de la más horrible de las formas.

Fuera como fuese, el humor está presente en nuestra historia de forma natural. Los bromistas pronto comenzaron a aprovecharse de los crecientes medios a inicios del siglo XX para subir un escalón más alto en la gracia colectiva. Los años veinte supusieron el nacimiento de las más prestigiosas emisoras de radio de todo el mundo, destacando Inglaterra con la British Broadcasting Company (BBC), fundada en 1922. Cabe aclarar que no nos quedamos atrás, 1924 es el año que surge la Sociedad Española de Radiodifusión (SER) siendo todavía una de las emisoras más escuchadas en territorio nacional. Pero es la célebre Columbia Broadcasting System (CBS, 1927) la protagonista en esta ocasión. El poder de comunicación de los gigantes informativos se comenzó a palpar en los años de su creación y se confirmó en los siguientes, tras la Crisis del 29. La noche del 30 de octubre de 1938, fueron los estudios de la CBS desde donde un joven Orson Welles nos la jugó a todos.

Aunque en un primer momento no estaba planteado como broma, Welles, que desde unos años atrás ya trabajaba junto con Howard Koch en la radio adaptando textos literarios a representaciones radiofónicas, se le ocurrió la maravillosa idea de retar el endeble espíritu norteamericano mezclando realidad y ficción. Consiguió crear un guion de radio adaptando la novela de ciencia ficción de H. G. Wells, La guerra de los mundos (1898), donde se relata la invasión de los marcianos a la Tierra, pero lo hizo tan bien que incluso habiendo advertido al inicio del programa que se trataba de una dramatización, la gente lo creyó verdad absoluta. Ya sólo el inicio, “El profesor Farrel del Observatorio de Mount Jennings de Chicago reporta que se ha observado en el planeta Marte algunas explosiones que se dirigen a la Tierra con enorme rapidez… Continuaremos informando.”, un inocente y aparentemente verídico noticiero, empujó a millones de habitantes de Nueva Jersey y Nueva York a precipitarse en sus coches a las carreteras, huir de sus casas en masa, colapsar los servicios de emergencia…

El posterior creador de Ciudadano Kane (1941), maestro del cine y devoto shakespeariano, jugó con los misterios insondables del alma, con la inocencia y la ingenuidad americanas, con el humor, la ficción y todo siempre desde la profesionalidad. Welles demostró al mundo aquella víspera de Halloween, nos demostró a todos, que nada es absoluto y todo se puede tergiversar… hasta las lechuzas, según Lynch, no son lo que parecen.

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Las otras miradas de otros en cuatro pasos

Pero, entre nosotros, entre tú y yo, se interpone una figura extraña, exótica, extranjera; una figura que proviene de un exterior lejano y acaso hostil. Una figura (des)calificada por mil lacras que acompañan a un solo y versátil prefijo (ex-).

Patxi Lanceros. “Gente vil y sin nombre

 

¿Dónde reside la fuerza de la humanidad? ¿Dónde radica su permanencia como especie? Incluso alguien —el más avezado de la clase— se atreverá a preguntar, con cierta desesperación, ¿cómo es que no nos hemos extinguido antes? Desde luego uno de los grandes misterios de la historia, sobre todo si tenemos en cuenta los últimos cincuenta años de nuestro devenir. En cualquier caso, y a nivel personal, creo que una de las razones por las que nos mantenemos hoy en día es la búsqueda constante. Búsqueda —bien por curiosidad o por necesidad— ante todo de nosotros mismos. En el fondo somos simplemente identidad, formada completamente o en camino de construirse, pero identidad al fin y al cabo. Buscamos incesantemente forjar nuestro ser por medio de múltiples herramientas, ya sea por estética —donde las denominadas tribus urbanas juegan un papel fundamental—, por pensamiento —por medio de ideologías que van moldeando nuestro propio criterio— o incluso por aparentes formas de vida —desde un deportista en oposición a un sedentario hasta el vegano que ataca al carnívoro—.

Y justamente en esa búsqueda constante de identidad es donde encontramos la figura clave: el otro. Ay, ¡cuántas obras podrían resumirse simplemente en la búsqueda y confrontación con el otro para llegar a la identidad misma! Existen diferentes definiciones de lo que simboliza en sí el otro, pero sin duda me quedo con la de Baudrillard. Para el pensador francés, el otro es aquello que queremos mantener alejado de nosotros pero que sin embargo necesitamos para construir nuestro Yo. Somos simples, así que nos construimos a nosotros mismos por oposición —soy de izquierdas porque no soy de derechas, me gusta leer porque no soy futbolista… o incluso, soy trekkie porque no soy warsie, por ejemplo y otras oposiciones por el estilo—. En síntesis, buscar a ese que no soy yo y que utilizo para diferenciarme es la eterna lucha de los pueblos, pero… ¿cómo lo refleja la literatura?

Sirva esto como iniciación a un mundo vasto, el de los otros hostiles, que inunda la cultura en múltiples aspectos. Ahora bien, ¿quieres encontrar la mirada de los otros entre libros? Estos cuatro pasos te llevarán ahí… o a otro sitio, quién sabe.

PASO UNO. Antes de buscar a los otros, de entenderlos, nada como entenderse uno mismo. Y no sólo depende del humor con el que te has levantado esta mañana o del tipo de camisa que has escogido, Tabucchi nos adentra en un universo mucho más profundo que va más allá de si eres más de café o de té. La confederación de las almas es toda una teoría entre la filosofía, la psicología y la antropología que el escritor italiano —pero portugués de corazón— explica a las mil maravillas en una de sus obras maestras: Sostiene Pereira. Si aún no está entre tus lecturas, dicen que es uno de esos libros que leer antes de morir.

PASO DOS. El otro básico comienza aquí. Antes de nada, a veces un buen chicle hace maravillas. No es que tenga que ver con la halitosis, sino con el aliento vital; sólo que la búsqueda de la vitalidad interior, a veces puede provocar mareos. Aquí entra en juego el Poe más desconocido, aquel que enarbolaba humor ácido y grotesco en parte de sus narraciones. En “El aliento perdido” seremos testigos de la búsqueda de un hombre de su identidad pero de la forma más palpable posible: ha perdido, literalmente, el aliento; de hecho, una de las escenas, cuando por error van a ejecutarle, el hombre no muere… ¿quién puede morir sin su aliento? Merece la pena, como refuerzo en este paso, contrastar el relato de Poe con el curioso “Último aliento” de Joe Hill —en su antología Fantasmas—, donde un curioso y extraño museo termina convirtiéndose en un guiño al maestro.

PASO TRES. Del otro pasamos a lo extraño. Y es que si el mundo está lleno de identidades extrañas y estrambóticas, este tercer escalón nos lleva al mundo de lo monstruoso y lo deforme, aquellas categorías estéticas que por el rechazo y la repulsión que provocan, construyen nuestro yo por aversión. Sin duda se engloba dentro de lo extraño la construcción de identidades igualmente repulsivas, desde el racismo a la intolerancia, o desde el nacismo a la esclavitud. Para entender las miradas de esos otros extraños y monstruosos nada mejor que El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, o algo más actual como Vida y amores de una maligna de Fay Weldon, que casa a la perfección con Freaks de Browning (La parada de los monstruos, 1932) o la primera filmografía de Cronenberg, con especial atención en La mosca (1986).

PASO CUATRO. La mirada última, casi de soslayo, del otro, recae en lo incognoscible. Ocupa este escalón aquello que por insondable termina traspasando fronteras identitarias. Un otro que remueve conciencias, que representa los límites más oscuros y misteriosos del alma humana. Ejemplifica este paso un relato, corto pero sencillo, como puede ser “El extraño” de Lovecraft. Termina por clasificarse aquí ese otro que provoca la destrucción de la identidad, y sin duda para estómagos mejor preparados encontramos obras maestras como Salò de Pasolini o la búsqueda brutal y cruenta de Plop de Rafael Pinedo.

Identidades varias, otros y miradas… ay, si buscásemos mejor… Otro gallo nos cantaría.

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Menú del día… nada apetitoso

Canibalismo

La gastronomía es uno de los aspectos diferenciadores de una cultura. Tanto es así que cuando viajamos siempre recomiendan probar los diferentes platos típicos de cada zona para que nos hagamos una idea más nítida de cada pueblo. Por los viajes al extranjero somos conscientes de lo saludable de la dieta mediterránea y no faltan buenos viajeros que como comensales en otros países claman aquello de “Como en casa, en ningún sitio”. Nos asombramos continuamente al conocer qué animales son considerados manjares en unas zonas del planeta o la afición obsesiva por el picante en otras. Pero… ¿qué ocurre cuando el ingrediente principal de la receta es lo que realmente nos horroriza? Condenado en la actualidad, adjetivado de inhumano y rechazado en el Primer Mundo, el canibalismo todavía sigue siendo un oscuro episodio de la humanidad que no ha terminado de erradicarse…

Existen evidencias de canibalismo desde la Prehistoria hasta que quedó anclado en el siglo XIX en casos aislados de algunas culturas del Pacífico Sur. Hoy en día son célebres los korowai, originarios de Papúa Nueva Guinea, una de las pocas tribus que comen carne humana y conocida gracias a la labor de investigación y acercamiento del antropólogo Paul Raffaele. La mayoría de los korowai, según Raffaele, viven aislados del mundo y no conocen más allá de su hábitat, sus rituales caníbales se basan en matar y devorar a aquellos que consideran khakhua, término con el que designan a los brujos y brujas. Claro que nos echamos las manos a la cabeza al escuchar esto, pero… no sé qué es más horrible, si comerse a una persona que es acusada de brujería o quemarla viva.

Pero el sinsentido del mundo posmoderno nos ha dejado perlas mucho más increíbles que rozan el absurdo y dinamitan la fe en la humanidad. Tal es el caso de la autodenominada Iglesia de la Eutanasia, cofundada por la conocida música transgender Chris Korda en Massachusetts en los años noventa. No sé qué es exactamente lo que se les pasaría por la cabeza a los fundadores de este extraño movimiento, pero predican sus cuatro pilares fundamentales como suicidio, aborto, canibalismo y sodomía. Esta suerte de activistas que protestan contra la superpoblación del planeta, promueven el veganismo radical, por lo que debe ser que destinan el canibalismo para sus adeptos no iniciados en las dietas veganas… Por el momento quiero pensar que hay más de humor negro de mal gusto que de realidad verídica en el supuesto movimiento, pero nunca se sabe.

Las noticias de caníbales reales hoy en día salpican los telediarios cuando se trata de asesinos cruentos, personas que a menudo sufren desequilibrios mentales y que nos recuerdan que el mundo está día a día un poco menos cuerdo. La ficción se ha nutrido de monstruos como Nicolas Cocaign —el caníbal de Rouen—, Jeffrey Dahmer o Armin Meiwes —el caníbal de Rotemburgo—, y ha dado personajes tan aterradores como carismáticos, recordando todos al Doctor Lecter que Thomas Harris perpetuó con su pluma —que nada tenía que envidiar al violento asesino de “Un hombre bueno es difícil de encontrar” de Flannery O’Connor—. Un canibalismo que puede tornarse en filosofía de la manera más perversa, como sucede en la primera novela de David Cronenberg, Consumidos (Anagrama, 2016), altamente recomendable y de una exquisitez que poco tiene que ver con el apetito.

Sea como fuere, el canibalismo ha ido evolucionando en la clandestinidad y lo verdaderamente inquietante es la fuerza que posee al haber retomado la característica de ritual originario de las civilizaciones americanas antiguas. El misterio del ritual proviene, muy seguramente, de la misma clasificación como tabú. Al quedarse confinado como algo prohibido, el canibalismo ha ido reforzándose sobre todo en dudosas sociedades secretas o creciendo como leyendas urbanas. Tal es así que hemos podido degustar algunos extraños platos en recetarios televisivos como Masters of Horror o The Hunger.

En el caso de Masters of Horror, el episodio 12 de la segunda temporada, “Los Washingtonianos” (2007), nos muestra una oscura logia que pervive desde que fue fundada por el mismísimo George Washington y que a día de hoy sigue manteniendo el ritual caníbal. The Hunger, si bien en España recibió el poco acertado título de El lado salvaje del deseo, es una serie similar, de capítulos autoconclusivos y poco conocida hoy día, pero que sin duda posee grandes capítulos memorables. En el cuarto episodio de la primera temporada, “The Secret Shih Tan” (1997), narra la obsesión de un maestro cocinero por un antiguo recetario chino que le llevará a cocinar el más inesperado de los platos.

Por lo que, si su estómago se lo permite, siempre es un placer —no del todo culinario— revisitar estas obras, más allá de la monstruosidad caníbal. Pero cuidado, no hay que olvidar que, como dice el refrán, de golosos y tragones están llenos los panteones, así que no se pegue el atracón.

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Moradores de lo desconocido (IV): las profundidades marinas

Las profundidades marinas

Cuántas veces nos habrán recordado lo poco que conoce el ser humano su propio planeta… O que la mayor parte de los esfuerzos —e inversiones— científicos van destinados a los soñadores ojos que miran hacia las estrellas. Hoy en día sigue siendo una realidad que el universo está infinitamente —nunca mejor dicho— mejor explorado que las profundidades de nuestros océanos, y que conocemos el uno por ciento del lecho marino. Claro que, esta afirmación tiene una pequeña trampa, ya que ese ‘1%’ hace referencia a las zonas más profundas de nuestro mundo, es decir, de toda la masa de agua que ocupa el planeta, lo menos conocido en la actualidad, en parte por la inaccesibilidad, son las zonas denominadas abisales —situadas entre 4000 y 6000 metros— y hadales —a partir de los 6000 metros de profundidad—.

La oscuridad y la hostilidad que caracterizan estas zonas marinas convierten los océanos en mundos desconocidos hasta tal punto que los seres que lo habitan —una lista a la que día tras día se van sumando especies nuevas— no dejan de sorprendernos. Las criaturas abisales, que tomamos más como monstruos de lejanos planetas que como formas de vida familiares, despiertan nada más verlos nuestra animadversión más primitiva, y tienen todas las papeletas de llevarse el título oficial de “moradores de lo desconocido” con todos los honores. De hecho, y recordando la noticia del documental de H. R. Giger de hace un par de semanas, el artista suizo encontró la inspiración para la creación del célebre xenomorfo en una de estas criaturas, un minúsculo crustáceo translúcido conocido como phronima.

La dificultad de llegar a estas profundidades sobre todo radica en la problemática de la presión y cómo soportarla, sin tener en cuenta la ausencia total de luz, puesto que los rayos de sol sólo penetran en los océanos hasta los doscientos metros de profundidad. Hasta la fecha pocas expediciones han conseguido llegar hasta las profundidades abisales, y menos aún las tripuladas. Equiparada a la llegada del hombre a la Luna, la conquista del fondo marino se inició en 1960 con Jacques Piccard, aunque no se volvería a alcanzar de forma tripulada hasta el 2012, cuando el cineasta James Cameron consiguió realizar la hazaña rodando el documental Deepsea Challenge (2014). Entretanto diferentes robots han ayudado en la exploración de los abismos, entre ellos el japonés Kaiko en la década de los noventa o el fruto de un proyecto internacional Nereus, que tras alcanzar los 11000 metros de profundidad en 2009 siguió operando en la investigación marina hasta que en 2014 sufrió un trágico desenlace y quedó perdido para siempre. Huelga decir que no todas las expediciones se han llevado a cabo en la Fosa de las Marianas, quizá más famosa por ser la más profunda con once kilómetros de profundidad, existen otras muchas fosas a lo largo del planeta como la de Kermadec (10000 metros), la de Bougainville (9100 metros) o la de las Aleutianas (7500 metros).

Muchos son los secretos escondidos en el fondo del mar, más allá de las míticas llaves de la canción popular, así como los misterios que encierra o las leyendas que evoca. Y es que más allá de las archiconocidas antiguas civilizaciones perdidas y sumergidas en las profundidades, los océanos guardan respuestas para conocer nuestra propia historia. Es curioso,  a la par que un hervidero de teorías, el caso de las ruinas Yonaguni, situadas mar adentro al este de Taiwán, en la cadena de islas japonesas del mismo nombre. Se trata de una serie de estructuras que recuerdan, entre los zigurats y las pirámides, a construcciones arquitectónicas laberínticas propias de una antigua y compleja ciudad. Hoy en día todavía los expertos no se ponen de acuerdo sobre su origen y las teorías varían desde la antigua civilización hasta la formación por placas tectónicas de forma natural. Claro que, para alguien como yo, no versado en el mundo geológico, al verlas no puedo evitar pensar en los imposibles ángulos de la ciudad de pesadilla de R’lyeh, la creación lovecraftiana y morada submarina —¿o ciudad dormitorio?— de Cthulhu en “La llamada de Cthulhu”.

Y siguiendo en la línea de las antiguas civilizaciones, más allá de la Atlántida, merece la atención la novela Abducción de Robin Cook. Se nos narran las expediciones de un grupo de científicos que descubren una maravillosa civilización en las profundidades marinas, una civilización totalmente viva en la actualidad, organizada, pacífica, superior tecnológicamente y, por qué no decirlo, también en el sentido humano. Una trama llena de descubrimientos y sorpresas, pero también sospechas y misterios…

No debemos olvidar, por último, la obsesión del propio James Cameron, hoy día inscrito en la historia de los hitos científicos, pero que tiempo atrás ya desplegó toda su creatividad y fijación en las profundidades del océano, y no justamente por enviar allí los restos del Titanic. La película Abyss (1989) supuso no sólo el reconocimiento con un premio Saturn y un Oscar, sino todo un cambio de perspectiva en cuanto a la visión de las profundidades marinas y las aventuras en busca de vida inteligente, en síntesis una increíble y genial historia que narra también las superaciones del hombre o cómo entender la naturaleza del ser humano.

Sin duda un recorrido, el de las profundidades abisales, que si no se nos taponan los oídos, merece la pena recorrer.

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Moradores de lo desconocido (III): Antártida

La Antártida

Aquellos que, o bien lo han explorado o trabajan en las bases científicas instaladas allí, dicen que el vasto paisaje blanco y frío al que se reduce el continente helado es siempre el mismo. La desorientación, sin prácticamente ningún punto de referencia, es uno de los muchos peligros que caracterizan la Antártida, sin olvidar las temperaturas extremas que rondan los cincuenta grados centígrados bajo cero, los temporales de ventiscas, las fisuras y grietas abisales en el hielo que la nieve oculta y que ceden al menor peso… La Antártida se erige con diferencia como la tierra yerma más hostil del planeta, un espacio aislado, estéril y poco habitable.

Olvidamos con frecuencia que apenas hace poco más de un siglo que el hombre coronó con éxito el centro del Polo Sur, estableciendo así uno de los últimos logros de exploración de lo desconocido. Un paraje tan extraño como peligroso despierta sin duda la curiosidad innata del hombre, y pese a los múltiples intentos de penetrar en la eterna tierra de hielo, no fue hasta finales de 1911 cuando culminó una carrera exploradora sin precedentes entre el noruego Roald Amundsen y el inglés Robert Falcon Scott. El duelo terminó con Amundsen, comandando el mítico navío Fram para llegar hasta la costa de su destino, como vencedor; la Expedición Terra Nova del inglés consiguió semanas más tarde llegar al Polo Sur, pero no sobrevivió al viaje de regreso. Pese a que la hazaña de Amundsen quedó eclipsada por la muerte por hipotermia de Scott y todo su equipo, los relatos que llegaron de lo sorprendente y tenebroso de aquellas tierras inexploradas, han hecho explotar la imaginación de los escritores más brillantes e imaginativos.

Desde horrores innombrables pasando por descubrimientos milenarios hasta incluso seres de otros mundos. La Antártida, en su árida y eterna blancura, sigue despertando el miedo a aquello que sobrepasa las fronteras de lo conocido. No hay nada más estimulante que imaginar un paraíso infernal helado como el último de los círculos de Dante disponible no a través de viajes fantásticos o imposibles, sino al alcance de todo aquel lo suficientemente atrevido dispuesto a arriesgar su vida… y pasar un poco de frío, claro. Pero mientras vamos tomando la difícil decisión de cruzarnos medio planeta, podemos ir abriendo boca con algunas interesantes perspectivas desde las páginas de un libro o la lisa pantalla de televisión.

Sin olvidar el épico final de la obra de Mary Shelley, que queda fuera en esta ocasión por desarrollarse en el Ártico, fue Edgar Alan Poe quien había abierto la vereda, como un potente rompehielos, con su más enigmática obra El relato de Arthur Gordon Pym (1838). Pese a que todavía en su época nadie había conseguido adentrarse en la Antártida, la única novela de Poe relata con maestría e imaginación rozando lo onírico, las aventuras de este clandestino viajero que termina introduciéndose en los oscuros océanos que rodean al continente. Lovecraft, heredero del maestro y obsesionado con esta obra, consiguió dar un giro al género literario que trataba las búsqueda de mundos perdidos con la magnífica En las montañas de la locura, de la que este año celebraremos el 80º aniversario de su publicación. En la versión lovecraftiana no sólo encontraremos extraños pingüinos gigantes —albinos y ciegos—, sino las tenebrosas pistas que se esconden tras unas montañas inusualmente afiladas, morada milenaria de los Antiguos y sus más desagradables y monstruosos esclavos, los shoggoth. Podría incluso vincularse con la primera temporada de Helix (2014 – ~).

Dos años más tarde de la publicación de Lovecraft, John W. Campbell Jr. deslumbraba al mundo con un relato intrépido, angustioso y excepcional que se adentraba en la Antártida no en busca de monstruos propios del horror cósmico, sino de extraterrestres que yacían congelados desde tiempos inmemorables. De esta forma, “¿Quién anda ahí?” (1938) marca un antes y un después en la temática literaria de exploración de la Antártida con tintes de la mejor ciencia ficción, presentando un equipo de investigación científica que encuentra en el hielo polar una nave alienígena con un habitante inesperado en su interior. Jugando con los dobles, pues el alien es capaz de copiar la apariencia de otros seres vivos, Campbell nos sumerge en una fría narración de sospechas y traición. Con los años las adaptaciones cinematográficas no tardaron en llegar, y contamos con hasta tres versiones, destacando las dos primeras: El enigma… de otro mundo (1951), más fiel al relato; La cosa (1982) versión libre y con el horror característico de Carpenter y una tercera que no hace justicia a las dos anteriores, La cosa (2011).

Para culminar este paseo helado, la guinda la coloca otra novela de ciencia ficción, La noche de los tiempos (1968), del francés René Barjavel. Una perspectiva más humana si cabe, una historia de amor y descubrimientos científicos donde una extraña esfera oculta a kilómetros de profundidad en el hielo antártico contiene los secretos más maravillosos y oscuros al mismo tiempo de una antigua civilización anterior a la humana y mucho más avanzada tecnológicamente.

Sin duda una serie de narraciones que deleitarán a los más ansiosos exploradores de espíritu, y por qué no, su lectura, una refrescante compañera de cara al que prevé ser un caluroso verano.

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Moradores de lo desconocido (II): Ratones de biblioteca

Ratones de biblioteca

“Entré, encantado, y de una pila cubierta de telarañas

cogí el tomo más cercano y hojeé su contenido, estremeciéndome

ante las extrañas palabras que parecían guardar algún secreto,

monstruoso si alguien llegase a conocerlo.

Entonces, buscando algún vendedor ya viejo en su puesto,

no pude encontrar nada sino una voz que reía.”

Soneto “El libro”, Hongos de Yuggoth, Lovecraft.

 

Ratones de bibliotecaLos libros, esos ilustres apilados, ejército inmóvil y silencioso de bibliotecas y, en muchas ocasiones, olvidados en nuestras propias estanterías. Son ellos los responsables de entretenimiento, deleite, desesperación y placeres varios. Pero también nos muestran desgracias o agonías y son testigos de multitud de secretos que esconden bajo sus páginas como cisnes con la cabeza bajo el ala. Son, al fin y al cabo, cultura. Y cultura, muy a nuestro pesar que se vende demasiado cara hoy en día, imponiéndoles precios que no se corresponden, cargándoles de valores que no ayudan a su expansión. También llegan incluso a ser célebres por el alto precio que se puede pagar por ellos, como el manuscrito lovecraftiano del que os informaba semanas atrás, que fue vendido a un coleccionista privado por 33.600 $.

Pero una de las visiones más curiosas de los libros sucede cuando de creadores pasan a creados. Cuando el libro se convierte en “personaje” ficticio y se alimenta de sí mismo, retrotrayéndose en su propia e inventada mitología y haciéndose leyenda. Tantos son los autores que han creado libros imaginarios y tal ha sido su transgresión, que aún a día de hoy lectores curiosos jugando a detectives o viejos libreros engañados, siguen buscándolos por inmensos y antiguos catálogos bibliográficos. No busquéis más, por desgracia estos tres ejemplos ilustran libros que nunca existieron —aunque a muchos nos encantaría—.

La ya clásica obra satírica de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel, por su imaginario grotesco, deformado y lleno de mordaces críticas a la sociedad del momento, ostenta una de las primeras bromas filológicas de libros inventados. De una narrativa un tanto compleja e incluso pesada para nosotros, lectores del siglo veintiuno, este conjunto de novelas —de las que se han sacado teorías literarias— nos presenta a dos gigantes, padre e hijo, cada cual más atroz. El hijo, Pantagruel, se da en ocasiones a devorar, más allá de su insaciable gula, curiosos libros, en su mayoría de una escatología disfrazada de elegancia. Así es como surge Ars honeste petandi in societate, un supuesto tratado sobre cómo deben expulsarse ventosidades en público. No queda muy lejos de, barriendo para casa, pero sin duda disponible en librerías, Gracias y desgracias del ojo del culo que Quevedo compuso allá por 1620.

En cambio, otras obras igualmente ficticias terminan siendo mucho más conocidas, bien por el círculo de lectores que la conocen o por las veces que han sido citadas. Tal es el caso de las famosas tres leyes de la robótica que todo fan de Asimov conocerá. Padre de la ciencia ficción hard, Asimov formula estas leyes no sólo como libro ficticio —incluidas en el Manual de robótica, 56ª edición, año 2058—, sino como uno de los pilares fundamentales en los que se apoyarán muchas de sus más famosas obras, e incluso hoy siguen siendo fundamentales. Así es como aparece por primera vez en 1942, en el relato “Sentido giratorio”, segundo texto que compone Yo, Robot (1950).

Pero sin duda alguna, el texto ficticio más famosos, mencionado, citado explícitamente y con más leyenda tras sus páginas malditas, es el Necronomicón. El macabro grimorio que ideo Lovecraft, contiene supuestamente la más oscura información acerca de los Antiguos, los Primigenios y las diferentes y terroríficas deidades que pululan por el universo lovecraftiano, desde cómo invocarlos o adorarlos, hasta los secretos para hacer que Cthulhu resurja de las profundidades marinas. Para conferir más veracidad a este curioso volumen, Lovecraft describió pormenorizadamente su historia bibliográfica en el pseudo-relato “Historia del Necronomicón”, y detalla su autor, el poeta árabe inestable mentalmente Abdul Alhazred, su título original Al-Azif —el ruido nocturno de los insectos similar al murmullo de los demonios—, y todas las versiones traducidas pasando por el griego, latín, alemán, italiano y, curiosamente, la última traducción conocida, del siglo XVII, al castellano. Para culminar su vagar cultural, no hay que olvidar que el Necronomicón goza de múltiples menciones y apariciones en el cine, desde el Terror en Dunwich (1970), pasando por la saga de humor negro y gore Evil Dead (1981-1992) hasta su versión más paródica y deformada en series de dibujos animados como Hora de aventuras (2010 ~).

Quién sabe… después de todo, es posible que exista algún ejemplar perdido…

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Los bosques: Moradores de lo desconocido (I)

Bosque misterioso.

El misterio de los bosques

Desde tiempos ancestrales, los bosques han sido considerados lugares ocultos, mágicos, con un aura espectral que ha atraído la atención de curiosos, exploradores o simples caminantes con el afán de avanzar donde el hombre todavía no ha extendido sus edificaciones. De la tradición de literatura artúrica, pasando por las novelas de caballerías hasta las narraciones de los Hermanos Grimm, el bosque siempre ha sido reflejado como un lugar que oscila entre lo siniestro y lo encantado, travesía a lo más ignoto e inhóspito; sin olvidar que incluso su característica de lugar maldito algunos creen verla en la referencia bíblica que se hace del “campo” donde Caín mata a su hermano (Gn. 4, 8) o en el avance del bosque en Macbeth. Pero la razón a todo ello parece ser más sencilla de lo aparente: se quiere ver al bosque como concepto opuesto a la civilización, lo salvaje de la naturaleza frente a lo doméstico de la vida humana.

Los bosques misteriosos
Los bosques misteriosos

El folclore se ha alimentado del encanto de la frondosidad y profundidad de los bosques, si bien ha ayudado a expandir el temor a adentrarse en las vastas áreas naturales con diversas leyendas, seres monstruosos o espectros, que dependiendo de la zona cultural, hunden sus raíces hasta nuestros días. La visión del bosque, tanto literaria como cinematográfica, como lugar maldito habitado por las más insospechadas criaturas es muy amplia. He seleccionado para esta ocasión tres aspectos con sus respectivas recomendaciones culturales: si son ávidos exploradores o sin embargo prefieren quedarse sólo en el senderismo, disfruten de ellas como si de un buen paseo en la naturaleza se tratase.

Sin duda alguna, una de las criaturas más inquietantes y horribles es la del wendigo. Con origen en las tribus indígenas de Canadá, esta extraña criatura humanoide y caníbal que puede llegar a poseer a los atrevidos viajeros del bosque, llegó a ser un tabú entre los propios indígenas despertando auténtico pánico. Hará las delicias de aquellos lectores expectantes por verdaderas atmósferas de suspense y terror en narraciones tan maravillosas como “El morador de la oscuridad” o “Ithaqua”, ambas del genial escritor y en ocasiones un poco olvidado August Derleth. Destaco la visión del wendigo que se llevó a la pequeña pantalla en la serie Terror en estado puro (Fear Itself, 2008), en el episodio ocho de la primera temporada, “Skin and Bones”.

Los bosques europeos en cambio disfrutan de la presencia de monstruos un tanto más “adorables”, o al menos así nos lo hizo ver David el Gnomo (1985). Los trolls, más extendidos entre el folclore noruego, pueblan los frondosos bosques escandinavos ocultos en cuevas y bajo puentes oscuros, esperando a sus presas, con un gusto gourmet por la carne de los cristianos según cuentan las leyendas. Un buen acercamiento al mundo de los trolls es sin duda el relato “El puente del troll”, incluido en la antología Humo y espejos (1999) de Neil Gaiman. Muy recomendable la cinta Trollhunter (2010), a caballo entre el falso documental y el metraje encontrado.

Y por último, para completar la tríada, no puede faltar la presencia malévola en sí misma encarnada en lo más profundo de los bosques. La maldición como embrujo para todo aquél que ose penetrar en la oscuridad de la naturaleza, parece ser la muralla perfecta para los guardianes de estos entornos —paradisíacos para algunos. Las fuerzas más tenebrosas gobiernan entre robles, álamos y pinares centenarios, y ya sea mediante antiguas y lúgubres deidades o espectros infernales, dejan un aviso bien claro: quien entra, que no espere salir airoso. “El gran dios Pan” de Arthur Machen nos invita a conocer las negras raíces con el pasado celta, mientras que la recientemente estrenada El bosque de los suicidios (2016), muestra el horror del folclore japonés en un bosque habitado por unas figuras espectrales entre los yureis y los moryo.

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Juego de máscaras

En ocasiones se enaltece el concepto de sociedad como una de las grandes proezas de la civilización, la sociedad como conjunto, en oposición a la mónada de la que nos hablaba Jameson. Pero toda la gran masa social de la que tan orgullosos nos hemos llegado a sentir en nuestra era, con todo lo que ello implica, como la libre circulación de personas, la interculturalidad y la globalización, termina presentando fisuras que invitan a la reflexión. Y es que posiblemente las relaciones humanas —la convivencia y las conveniencias— sean más complejas de lo que parecen. No somos seres sencillos, desde luego, y la interrelación con los demás es uno de los motores de la sociedad.

Desde mucho antes, pero ya en los siglos XVIII y XIX comienzan a vislumbrarse ciertas chispas que años después provocarían las inmensas hogueras de las problemáticas sociales posteriores. La doble moral de las grandes ciudades, en la que tanto incidiría Unamuno por ejemplo, es una lacra que va cogiendo forma, el arte de la mentira humana, la necesidad de aparentar innata a la burguesía o la incipiente rumorología social, el ‘qué dirán’ que se adueña de las ciudades sobre todo a partir del éxodo del mundo rural a las grandes urbes. Todo ello unido a los primerizos estudios psicológicos y neurológicos decimonónicos, que dieron como resultado que la ciencia se fijase en la bipolarización o las dobles personalidades. Obras tan misteriosas como inquietantes como El extraño caso del Dr Jekyll y Mr Hyde de Stevenson o “William Wilson” de Poe dan buena cuenta de ello, porque el tema del doble —doppelgänger—, más que una constante literaria, es la constatación de un problema humano y social; pero ya habrá tiempo de detenernos en otra ocasión en ello.

Así es como a finales del XVIII, con la inminente Revolución Francesa, se gesta Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos. La novela, de género epistolar, nos muestra de qué manera la sociedad francesa del momento se nutría de pequeñas grandes máscaras sociales mezquinas y patéticas, entramados de envidias, corrupción y regocijo ante las desgracias ajenas. Las amistades peligrosas, todo un clásico a día de hoy, esos que no se leen, sino que se releen como decía Calvino, intentando —¿sin conseguirlo?— huir del maniqueísmo en sus personajes, nos cuenta a grandes rasgos la despótica actitud de la marquesa de Merteuil intentando manejar a su antojo al no menos cruel Vizconde de Valmont encargándole que seduzca a una joven, Cecile, una inocentona que cae prendida a los encantos de un músico bonachón, Danceny. Valmont, maestro de las máscaras, jugará a varias bandas, seduciendo también a una puritana crédula, Tourvel. En este juego de enredos que oscila entre la comedia leve y el drama nos llama a participar Laclos.

Varias han sido las adaptaciones de esta novela que se han llevado a la gran pantalla, donde destacan dos, la dirigida por Frears en 1988 con Malkovich en el papel estelar de Valmont y la de Milos Forman al año siguiente. Y claro está que la temática de la novela llama todavía a nuestros días, con maravillosas adaptaciones teatrales como la de la joven compañía enTEATREnidos, ajustando con acierto el título a Relaciones perniciosas. Un reparto potente —Javier Peña, Eva Velasco, Mercedes del Olmo, Patirke Mendiguren, Saida Fuentes y Alejo Moreno—, una puesta en escena ambiciosa y moderna que conjuga el minimalismo y el vestuario barroco, una dirección atrevida y acertada —Pedro Moraelche—… Todo ello convierte este juego de máscaras sobre el escenario en una cita imprescindible para aquellos residentes en Madrid —estreno 2 de abril— que no dejará indiferentes a jóvenes y mayores.

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Tras la sombra de Lovecraft

Nyarlathotep. Ilustración: Samarcanda Espinosa.
Nyarlathotep. Ilustración: Samarcanda Espinosa.

El genio de Providence, que durante generaciones ha despertado el interés tanto de escritores —a los que ha influido— como de lectores —a los que ha aterrado—, sigue sorprendiéndonos setenta y nueve años tras su muerte. Ríos de tinta han corrido sobre la vida y obra de Lovecraft, desde auténticos desvaríos sobre su poética e imaginario —Colin Wilson hablaba en uno de sus libros sobre criminología de los aspectos antisemitas y racistas de los relatos lovecraftianos, irrelevante a nivel literario en mi opinión— hasta estudios sobre el poder evocador del horror cósmico de sus escritos y toda la mitología que desarrolló.

Pero aunque conocemos el interés que H. P. Lovecraft depositaba en las disertaciones ensayísticas y su afán por la divulgación —El terror en la literatura sigue siendo a día de hoy todo un clásico—, sus artículos y ensayos siguen siendo considerados escritos menores por muchos críticos, una auténtica lástima. Lo cierto es que él mismo se dedicaba a un sinfín de tareas literarias diversas más allá de sus conocidos relatos y poemas, principalmente para conseguir sueldo extra, y entre sus actividades se encontraba la de negro o ghostwriter. Por sorprendente que hoy día parezca, en su momento Lovecraft no ganaba lo merecido por sus célebres historias, y o bien escribía para otros o  revisaba y terminaba reescribiendo los relatos de escritores menores. Algunos de estos casos se descubrieron póstumamente al hacerse pública la correspondencia personal de Lovecraft con estos escritores, como ocurrió con Zealia Bishop o Adolphe De Castro, donde con el tiempo se ha visto el inconfundible estilo lovecraftiano.

Las colaboraciones de Lovecraft no se quedaron sólo en escritores, sino que es famosa también su vinculación con el escapista Harry Houdini en proyectos como “Imprisoned with the Pharaohs”, relato publicado en la revista Weird Tales en 1924. Bien es sabida la vinculación de algunas de las creaciones monstruosas de Lovecraft con el mundo del Antiguo Egipto —como el denominado Caos Reptante o Nyarlathotep, que apareció por primera vez en 1920 y posteriormente en diferentes relatos y en el soneto XXI del poemario Hongos de Yuggoth—, de la misma forma, esta colaboración con Houdini se adentra en ese mismo imaginario.

Quedó el escapista tan satisfecho con el trabajo de Lovecraft que quiso llevar a cabo otro proyecto con él, en este caso un ensayo sobre una obsesión compartida con el escritor: la cerrazón popular ante los avances de la ciencia. De esta forma, Lovecraft en la pluma, Houdini como autor, escribirían juntos una larga disertación sobre cómo la superstición y las supercherías ahogaban el progreso científico y lo condenaban continuamente a la desconfianza. Los detalles sobre el escrito quedaron cerrados en 1925, pero la inesperada muerte del escapista por una terrible peritonitis al año siguiente y el desinterés de su viuda por continuar el proyecto con Lovecraft, hicieron que el texto no se llegase a publicar nunca.

El anuncio a principios de marzo por parte de la casa de subastas de Chicago Potter & Potter Auctions de la subasta del texto encontrado “The Cancer of Superstition”, ha hecho enloquecer de furor a estudiosos y fans tanto del escritor como del escapista. Al parecer está dividido en tres partes donde se describe el origen de las supersticiones, su expansión y el error moderno que suponen las supersticiones populares. El manuscrito, de poco más de treinta páginas, corresponde al lote 84 que se subastará el 9 de abril con una puja inicial de 13.000 $, aunque la casa de subastas estima que el precio final que pague el mejor postor puede variar entre los 25.000 y los 40.000 $. Y si algún lector quiere hacerse con el texto, podrá seguirse la subasta en directo por la red en el siguiente enlace.

Desde luego, la sombra de Lovecraft es como la del ciprés, tan alargada que aún hoy en día nos cubre.

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Cuando la ficción infecta a la realidad… El vampiro de Borox

Gautier, Le Fanu, Stoker… todos ellos autores con algo en común: literatura del clásico y gótico vampirismo. Pero ya saben los ávidos lectores cómo y hasta qué punto se han ido degradando las figuras vampíricas a lo largo y ancho de la literatura, especialmente en la de los últimos tiempos —con la excepción quizá de las memorables e importantes aportaciones de Ann Rice—, y de qué manera han hecho que corran ríos, no de sangre en este caso, sino de tinta. Cuántas leyendas han surgido a raíz de la literatura es un misterio, pero lo seguro es que son más de cientos. La aportación literaria al imaginario popular, más en concreto al de la península ibérica, donde se mezcló con supercherías y supersticiones en sus zonas rurales, es el tema que nos ocupa. ¿Cuántas veces se deformó a criminales y sacamantecas —como el célebre Juan Díaz de Garayo— caracterizándolos como vampiros? ¿En cuántas ocasiones el odio y la desconfianza a los buhoneros de la época hizo que se les tachase de servidores a un mal superior?

Algo similar, desde la literatura y pasando por el colador de las supersticiones —con algo de casualidad de por medio—, ocurrió en Borox, pueblo perteneciente a Toledo; un lugar plagado de historia incluso desde el siglo XII donde se vinculó la localidad a la Orden de Calatrava. Rodeado por montes bajos salpicados de esparto manchego, amplias tierras de olivos y pinares frondosos, Borox no deja de sorprender al atento caminante que se adentra en sus alrededores, donde incluso puede llevarse la sorpresa de encontrar una lápida de principios del siglo XX entre sus montes. Pero lo que removió la curiosidad de investigadores del misterio allá por la década de los ochenta y noventa no fueron sus casas blancas o sus lugares de rodaje cinematográfico —Viento del pueblo (2002), 800 balas (2002)…—, sino una extraña leyenda que tenía sus orígenes a finales del siglo XIX.

La leyenda contaba cómo un féretro, desembarcado en el puerto de Cartagena, Murcia, comenzaba su andanza por tierras españolas camino a Galicia en 1898. Reclamado en A Coruña, el “ataúd maldito”, como lo denominó el investigador Jordi Ardanuy —antropólogo en la Universidad de Barcelona y que estudió el caso con detenimiento—, recorrió la península en diagonal, haciendo diferentes paradas en su trayecto y arrastrando a su paso horribles casos de asesinato, desapariciones y anemias perniciosas. ¿Qué vinculaba el paso del ataúd a tan desdichadas casualidades? Objetivamente, nada. Pero bastó la excusa y las exageraciones populares para crear la que más tarde se conoció como la leyenda del vampiro de Borox. Pese que el supuesto paso del féretro fue por toda España, las habladurías concluyeron que fue en este pequeño pueblo de la Mancha donde más estragos causó. ¿Qué alimentó estas habladurías? Pues ni más ni menos que una coincidencia literaria que un abogado de Madrid leyó en un relato fantástico, “Historia popular de los vampiros Zarco y Amalia”, incluida en Las noches lúgubres (1964) de Alfonso Sastre. Este relato donde se menciona de soslayo el nombre de Borox, es uno de los numerosos errores en cadena que fueron formando la montaña en la que se convirtió la posterior leyenda.

Como bien apunta Ardanuy, “El «vampiro de Borox» del que nos habían hablado en esa población de la Sagra era simplemente una creación literaria de Sastre y sólo había dejado una muy tímida imprenta en la población toledana.” (“El fals cas de l’upir de Borox i el seu origen literari”, L’Upir 9 2006). Ahora bien, ¿qué es lo que provocó esa fijación en el pueblo manchego? ¿Hubo quizá una serie de asesinatos —un sacamantecas quizá— en las fechas oportunas y se terminó “explicando” por medio de la leyenda? Quién sabe, quizá dé para futuras indagaciones.

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Mil y un orígenes

El ávido espectador o curioso lector de nuestro tiempo, que como es evidente no es ajeno a las atrocidades más reales que nos llegan a través de los telediarios, sigue todavía fascinándose, temeroso de lo que pueda escapar de las páginas de un libro, con las narraciones más fantásticas, macabras y siniestras que puedan caer en sus manos. A menudo leemos o somos testigos de monstruosas criaturas de ficción que juzgamos como creaciones propias de nuestra era o al menos de nuestra historia más reciente, pero ¿son realmente los miedos que representan estos monstruos “actuales”?

Lo cierto es que la literatura universal posee una cualidad única, su capacidad de maleabilidad cultural, es decir, que es totalmente compatible para reinventarse a sí misma a través de diferentes medios, amoldándose, adaptándose y mezclándose con otros elementos. Esto, claro está, no es excepción en las criaturas fantásticas que han nacido de los clásicos literarios. Como muestra, un botón.

Y es que quizá uno de los textos más antiguos conservados que recopilan narraciones autoconclusivas fantásticas es Las mil y una noches. Los oscuros y misteriosos caminos que recorren muchas de las creaciones allí narradas llegan hasta nuestros días de la forma más inesperada. Una de las criaturas más atroces descritas es el denominado ghul (ghoul o gul), un ser demoníaco y aterrador en su aspecto. Así aparece caracterizado en la «Historia de la Yegua Blanca» —título en la versión inglesa de Andrew Lang: «The Story of Sidi-Nouman»— de la que poseemos una traducción al castellano de V. Blasco Ibáñez: “Surgió de entre las tumbas una forma (…); por el horror de su fisonomía y por su cabeza de hiena carnicera, reconocí un gul (…). Y el gul se inclinó hasta el suelo [de la fosa] y se incorporó sosteniendo en sus manos un objeto redondo que (…) reconocí como un cráneo humano recientemente separado de un cuerpo sin vida (…) y lanzando un grito de bestia feroz, clavó con fruición sus dientes en aquella carne muerta”.

Será H. P. Lovecraft quien retomará este ente y lo revitaliza en algunos de sus relatos como “La búsqueda en sueños de la ignota Kadath” o ”El modelo de Pickman”. Sea como fuere, la cultura moderna y posmoderna ha transformado este demonio necrófago del folklore árabe y lo ha mezclado con la mitología y supersticiones haitianas —a su vez derivadas de algunas ramas de la brujería africana—. El resultado no podría estar más de moda, aunque poco de gul reconocemos en las modernas representaciones de lo que hoy conocemos como la figura narrativa del zombi, desde que en los films de George A. Romero comenzase a deformarse la esencia original hasta llegar incluso a cómics y series como The Walking Dead.