Adonaïs Elegía a la muerte de John Keats
XXXIX, XL, XLI, XLIII

XXXIX

Callad, que no está muerto ni dormido;
despertó ya del sueño de la vida.
Perdidos en visiones tempestuosas
y armados contra espectros sostenemos
contienda estéril y en delirio loco
el puñal del espíritu clavamos
en el vacío invulnerable. Si,
cruel despojos sepultos decaemos,
el temor y la angustia día a día
nos crispan y consumen, y esperanzas
friolentas cual gusanos hormiguean
en la entraña del barro que vivimos.

XL

Ascendió más allá de las tinieblas
de nuestra noche; envidia ni calumnia,
odio, dolor, ni esta inquietud que el hombre
llama placer le tocan ni le hieren;
se libró del contagio de esta lenta
mancha del mundo, y no podrá ya nunca
gemir en vano cuando el tiempo torne
helado el corazón, gris la cabeza,
ni al dejar de arder el alma misma
llenarán sus cenizas sin fulgor,
urna desamparada por el llanto.

XLI

Vive, vela. No lloréis por Adonais.
La muerte murió, no él. Tú, joven
amanecer, enciende tu rocío,
no se ha ido el espíritu que lloras;
vosotras, grutas, selvas, no gimáis,
ni vosotras, flores y fuentes lánguidas.
Y tú, aire, que extiendes como un velo
de dolor tu cendal sobre la tierra
desolada, desnúdala hasta el alto
fulgor en que sonríen los alegres.

XLIII

Parte es de la belleza que otros días
hizo más bella; está con el espíritu
cuya potencia plástica recorre
la entraña del espeso mundo inerte
y crea desde allí todas las formas
que revisten las nuevas sucesiones,
y tortura a la escoria en rebeldía
que se resiste al vuelo que la encumbra
a su alta identidad, según la masa
la comparte, y estalla esplendorosa
en todo su vigor y su belleza
desde el árbol, las bestias y los hombres
hasta la luz del cielo.

Percy Bysshe Shelley, escritor, ensayista y poeta romántico