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Del espacio exterior al espacio interior

Moisés Garrido Vazquez.
OVNIS. Del espacio exterior al espacio interior.
Diversa Ediciones. 2016.
408 págs.
18 €

Los OVNIS, sus avistamientos como sus interacciones con seres humanos, son un tema del que se han derramado ríos de tinta y siempre parece ser inagotable. Nuevos casos, nuevos testimonios o desconcertantes historias aumentan el creciente interés por los supuestos visitantes de nuestro planeta. Pero en esta ocasión el estudio de Garrido Vázquez no se nos presenta como algo repetitivo o monótono. Lo que a priori es una investigación más, nos da un interesante punto de vista y nos muestra la faceta divulgativa más seria que su autor quiere plasmar.

Divido hábilmente en dos partes, por un lado una recopilación de datos objetivos del tema, por la otra, un completo anecdotario de testimonios cada cual más interesante que el anterior, los OVNIs de Garrido Vázquez serpentean entre escalofriantes datos documentados acompañados de una extensa bibliografía que afianza la profesionalidad de la investigación. Para el lector poco acostumbrado al tema, el autor no lo abruma desde el inicio con datos y anécdotas, sino que realiza una escalada de menos a más, incluyendo una parte muy centrada en el fenómeno OVNI a nivel nacional, haciendo especial hincapié en el suroeste español y las Islas Canarias.

Es quizá su segunda parte la más aventurada, presentando al lector, que ya ha absorbido toda la información clave durante la primera parte, una serie de hipótesis alternativas mucho más jugosas que las que habitualmente concluyen estos estudios. Desde el porqué de nuestro planeta como principal destino hasta la reflexión del coste que tendrían los viajes de estos visitantes hasta nuestro planeta. Quizá, y sólo quizá, nuestros visitantes sean extraterrestres, pero su origen no esté tan lejos como creemos.

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Un banquete troyano. Extraterrestres, seres elementales y bigfoots.

Un banquete troyanoJoshua Cutchin.
Un banquete troyano. Extraterrestres, seres elementales y bigfoots.
Diversa Ediciones. 2016.
295 págs.
16 €

El mundo gastronómico es, sin duda, todo un universo. Y ese universo se amplía hasta límites insospechados cuando se entrelaza con los misterios que nos acechan desde el espacio. Como ya indicó en su momento Hynek con su célebre clasificación de interacciones con entes de otro mundo, este libro ahonda en los denominados encuentros de cuarto y quinto tipo, es decir, aquellos que implican algún tipo de abducción o comunicación con seres superiores al hombre. Como bien reza su portada, se trata del primer estudio —y ante lo específico de la materia, muy probablemente el único— que intenta desvelar la alimentación ofrecida a aquellos que terminan siendo abducidos principalmente por entidades extraterrestres, aunque cabe destacar el autor no se limita a los visitantes del espacio, sino que su investigación se abre hasta los mismísimos sasquatchs o bigfoots.

Adentrarse en este ejemplar es iniciar un viaje a través de cientos de anécdotas, historias, testimonios y vivencias, relatadas con un detalle y una documentación más que apabullantes. Un banquete troyano ocupa un lugar que ningún otro estudio con intención divulgativa había ocupado: la comida como eje de las relaciones racionales. Y es que si algo hay que destacar de la humanidad a nivel antropológico es la importancia de la gastronomía más allá de la mera alimentación, la importancia como acto de interacción entre individuos.

El completísimo estudio de Cutchin revela un conocimiento sobre el tema increíble e incluso la estructura de la obra da una imagen de la fuerte documentación que se esconde detrás: desde líquidos, pasando por pastillas hasta ungüentos. Una investigación que sin duda abrirá el apetito del lector más voraz.

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Libros de sangre II

Clive Barker.
Libros de sangre II [volúmenes IV, V y VI].
Valdemar. Madrid, 2017.
634 págs.
32 €

Si con la edición de la primera parte de los Libros de sangre los seguidores de Barker quedaban satisfechos, esta segunda completa la satisfacción ante lo esperado de la entrega. Claro que ya existían ediciones en castellano de los relatos más terroríficos del autor de Liverpool, pero como ocurría con la primera parte, no existía una edición actualizada a la altura de la calidad literaria de su artífice. Barker, creador de los mitos de horror moderno a la par que el archiconocido King —incluso éste último alaba la producción literaria de Barker—, recopiló en la segunda mitad de la década de los ochenta lo que todavía hoy se considera la antología de horror más impactante del siglo XX y Valdemar, siempre a la altura de los escritores que edita, ha sabido darle el honor que merece tanto a nivel de edición como de traducción al castellano, sin duda una proeza que hay que reconocer a Marta Lila Murillo, la encargada tanto en esta parte como en la primera de traducir a Barker.

Si bien en esta segunda parte se echan de menos las obras pictóricas del propio Barker —que acompañaban a nivel ilustrativo el anterior volumen con gran maestría—, los relatos presentados aquí encandilan al lector hasta tal punto que la ausencia de sus ilustraciones terminan olvidándose. La inmersión en la lectura, para todo aquel que desee estremecerse con el horror más visceral y perturbador de Barker, se hace de la misma forma que se adentra un buzo en aguas profundas: primero uno se acostumbra a la presión, después se siente cómodo sumergiéndose hasta que se da cuenta de la oscuridad tan terrible que le rodea cuando ha descendido demasiado.

Es cierto que la mayor parte de los relatos de Barker que llaman la atención del lector, bien por su fama, bien por su nivel de atrocidad, se encuentran en la primera parte de estos Libros de la sangre, pero sin duda alguna relatos como “El cuerpo político”, “La condición inhumana” —que encabezan esta edición— o “Lo prohibido” harán que hasta el más aventurado de los lectores sienta la tentación de mirar por encima de su hombro durante la lectura. Un ejemplar digno de disfrute —para los que sepan disfrutar del horror— hasta el punto de que más de una página termine salpicándole sangre…

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Rocafort y las luces del olvido

Extrañas luminarias que se han visto entre las ruinas, antiguas habladurías sobre el paseo del carruaje de la muerte por sus calles, la repentina desaparición del agua de la charca que abastecía el pueblo… Son algunos de los elementos que sitúan a Rocafort como uno de tantos pueblos malditos que salpican la geografía española.

 

Situado en el corazón de la comarca de La Litera —en la provincia de Huesca—, que linda al norte con La Ribagorza a los pies de los Pirineos, los recuerdos se sostienen en ajados sillares de roca áspera, quejumbrosa. Son las ruinas de Rocafort que callan ausentes, mirando al vacío, esperando la paciencia del tiempo.

Entre las imponentes construcciones, una hilera de casas de varias plantas mira al sur donde sus vanos y puertas parecen ser los ojos vacíos y tristes que todavía recuerdan la maldición que convirtió a Rocafort en las ruinas de hoy. Huecos del olvido, gigantes de roca que dan la bienvenida al curioso viajero que se acerca o termina topándose en su vagar con el pueblo. El resto parece carcasa, las cáscaras rotas de lo que en su tiempo fueron las cálidas viviendas de los habitantes del pueblo, abandonado por completo entre los años sesenta y setenta. La vida en Rocafort se apagó antes de que la electricidad, con sus aires de progreso y modernidad, llegase a iluminar las calles, aunque eso no es problema para que en su centro siga alzándose un edificio por encima del resto. La iglesia del pueblo —dedicada a San Miguel, del que no ha de olvidarse su simbología como protector ante entidades demoníacas— sigue presidiendo el escenario en ruinas de Rocafort, testigo absoluto de su decadencia y su alargado agonizar; la construcción aun hoy soporta los inviernos arropada por la niebla y los falsos silencios de la noche. 

Pero aunque la electricidad nunca llegase a Rocafort no impidió que en el pueblo se viesen y se vean algunas misteriosas luces móviles en la noche cerrada. Existen aún hoy testimonios que aseguran haber visto bolas de luz recorriendo el cielo sobre las ruinas o incluso cómo estas extrañas luces, errantes luminosos, se adentran entre los escombros y los tejados derruidos. En cuanto a la naturaleza de estos fenómenos, poco se puede concluir. Algunos inciden que los destellos son un recordatorio, la energía de la memoria colectiva que no olvida, que no quiere olvidar la maldición que pesa sobre el pueblo —energías al fin y al cabo de los que antaño habitaron estas tierras y se niegan a abandonar lo que fue suyo—; otros en cambio lo achacan al folclore aragonés y catalán, con la presencia de las Lumbretas —o Almetas—, manifestaciones de las almas ambulantes, procesiones incansables y lastimeras, muchas veces representadas como el desfile de ánimas en pena, donde el lector encontrará una analogía con la Santa Compaña gallega o La Huéspeda leonesa. Así es como estas luces viajeras de Rocafort parecen corresponderse a los ojos de la tradición con la lenta hilera de almas que, vestidas de blanco y llevando candelas o luminarias, recorren el Pirineo aragonés. No faltan por supuesto las relaciones entre estos avistamientos lumínicos sobre las ruinas y los fenómenos ufológicos que parecen haber acontecido de forma muy singular sobre la zona.

El caso que más llama la atención a este respecto —que fue recogido por Francisco Recio y el desaparecido investigador y reconocido ufólogo Jaime Sánchez Clota— aconteció en agosto de 2005. El hecho, tomado como un importante caso de abducción, lo constata en su momento la víctima, que conduciendo dirección Lleida es testigo de unas enormes luces que lo deslumbran. A raíz del deslumbramiento comienza a sentir un malestar que lo obliga a estacionar a un lado de la carretera y con síntomas de mareo sufre un desvanecimiento. Lo siguiente que nuestro protagonista recuerda es aparecer aturdido en un terreno totalmente ajeno, sin ninguna pista de dónde se encuentra su vehículo y rodeado de un despoblado en ruinas: Rocafort. Tras un tiempo indeterminado caminando errante por la zona en busca de ayuda, consiguió localizar a una persona que le acercó a su casa, ambos perplejos ante el relato de la víctima. No obstante, lo realmente siniestro de la historia es el paréntesis amnésico de más de cinco horas entre su desvanecimiento y la recuperación de consciencia y la distancia espacial que le separan de su coche, algo más de cuarenta kilómetros. A pesar de ser el testimonio más importante de supuesta abducción en el entorno de Rocafort, existen muchos más testigos que aseguran avistamientos extraños desde los años noventa sobre el pueblo relacionándolo directamente con el campo de estudio de la ufología.

Siguiendo los pasos del viajero que contempla las ruinas como gigantes que, boquiabiertos, dan la bienvenida, cuando uno se adentra en las tristes y silenciosas moradas de Rocafort, pronto comienza a vislumbrar los sordos recuerdos del pasado, los antiguos hogares de sus cocinas, los silos horadados en la roca, oscuros depósitos de antaño que apuntan a asentamientos anteriores al pueblo mismo. Bocas en la tierra que pese a su utilidad como fresqueras o contenedores de aceite, hacen pensar en la maldición que aun reposa sobre el pueblo y que encuentra su eco en los testimonios de pueblos vecinos. Son esos silos vacíos los que el viajero termina relacionando con la charca en torno a la cual se compuso el pueblo, una charca que —reza la maldición, contada casi como una retahíla por los más ancianos—, sin previo aviso, se esfumó, provocando la desgracia para sus habitantes y condenando a Rocafort bajo el peso del olvido. Un peso que ni siquiera el fuerte adobe o el cemento de las últimas reconstrucciones del pueblo, han sido capaces de soportar.

Muchas son las voces que se alzan y rememoran hoy la leyenda que mantenía vivo al pueblo en sus últimos años habitados. La leyenda, recogida entre otros por el escritor Cristian Laglera de boca de uno de los vecinos, cuenta no sólo la maldición sobre el pueblo y su charca, sino también el triste deambular de un siniestro carruaje en la noche cerrada, una carreta montada por la misma Muerte que recorría el pueblo, incansable, sigilosa, casi como una premonición que anunciaba el inminente destino de aquellas tierras. Algunos aseguraban haber visto el carruaje o haber oído el crujir de sus pesadas ruedas en la tierra, sea como fuere, por temor o por el convencimiento de la maldición, poco a poco Rocafort se fue quedando mudo, sumido en el silencio del abandono.

Por el momento y hasta que las inclemencias del tiempo terminen borrando su huella, el pueblo sigue dando la tétrica bienvenida y acogiendo a todo aquel que tímido o valeroso, llegue a sus puertas.

Fotografías: Marina González Pérez

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El infierno dormita bajo las tierras de Pennsylvania

El pueblo minero de Centralia, Pennsylvania, EE. UU., sufre una agonizante tragedia desde la década de los sesenta: un terrible incendio subterráneo en sus minas de carbón, imposible de extinguir, ha convertido el lugar en un verdadero infierno terrenal.

«¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!»

Divina comedia, «Infierno», Canto III. Dante Alighieri

A pesar del interés que despierta la pequeña población de Centralia, al este del estado de Pennsylvania, no posee la fama de otras grandes catástrofes. Todavía hoy, gracias a la persistencia de cientos de voluntarios que desean preservar la historia de la ciudad, se puede llegar a esta tierra humeante y casi devorada por el bosque desde la Interestatal 81 y una serie de carreteras secundarias que discurren en dirección a Ashland. Las casas que siguen en pie no llegan a la decena y el resto del entonces bullicioso pueblo se resume en un limitado entramado de asfalto lleno de grietas y socavones.

El inicio de este asentamiento originalmente minero se remonta a principios del siglo xix, y no son pocos los hechos que a lo largo de su historia han manchado esta tierra de sangre y violencia. Con el comienzo de la explotación del carbón de antracita en Pennsylvania por las grandes compañías, se funda la prometedora ciudad de Centreville, que años más tarde pasaría a llamarse Centralia. Es en la década de 1870 cuando miles de mineros irlandeses llegan esperanzados a estas tierras en busca de trabajo y un nuevo hogar. Los problemas sindicales de la época, los continuos abusos laborales y la explotación de los mineros en funestas condiciones son algunos de los coletazos que terminan truncando el sueño minero. Todo ello, unido a la crisis financiera de 1873 (conocida como Panic of 1873), crea un caldo de cultivo que da vía libre para que poco a poco la situación vaya agravándose. Así se dará lugar a condiciones poco menos que esclavistas, con numerosas palizas, horribles muertes debidas a falta de seguridad y continuos incendios dentro de los túneles. No es de extrañar, por lo tanto, que en estos mismos años comiencen a extenderse por todo el estado de Pennsylvania las agrupaciones secretas y clandestinas de mineros unidos contra el despotismo del poder industrial. Así es como llega a constituirse en Centralia una poderosa célula de los Molly Maguires; sociedad compuesta por mineros irlandeses que hacían uso de la violencia, la intimidación e incluso el asesinato contra los terratenientes. Para devolver el mismo trato que les habían dado a ellos, los mollies (apelativo con el que se conocía extraoficialmente a este grupo organizado) lucharon en defensa de los mineros al más puro estilo del héroe romántico: huyendo de la justicia, quebrantando la ley y provocando innumerables y graves altercados. Su lucha —reflejada en películas tan interesantes como The Molly Maguires (Odio en las entrañas, 1970)— sirvió de excusa para perpetrar horrendos asesinatos, como el del fundador de Centralia, Alexander Rea, en 1868. Por este último hecho fueron finalmente apresados y condenados a muerte.

Aquella terrible ola de violencia (a menudo ocultada en la historia) dejó rescoldos, como los de un fuego sin apagar, que aún siguen vivos bajo la tierra. Envidias, acusaciones en falso o represiones públicas son algunos de los factores que fueron llenando de odio el pueblo de Centralia a lo largo de las décadas siguientes. Sin embargo, la decadencia de la población llegaría en la década de 1960, cuando las compañías industriales empezaron a abandonar la explotación del carbón en favor de otro tipo de combustibles y energías.

Pero la circunstancia que realmente convirtió este pueblo en un espectro infernal ocurrió en 1962, año en el que se produjo un fatídico incendio de magnitudes inconmensurables bajo la tierra sobre la que descansa Centralia. Aún hoy día, son inexplicables los motivos por los que comenzaron a arder las minas de forma incontrolada. Existen diferentes posturas: desde la de aquellos que achacan la tragedia a la quema de basuras durante esa época, hasta la adoptada por los ancianos del lugar, que aseguraban que existía un misterioso pozo en llamas del que escapaban extraños y quejumbrosos ruidos surgidos de las profundidades de los túneles descubiertos en los años treinta. La opinión de los ocho habitantes actuales de Centralia, quienes se negaron a abandonar el infierno despertado en sus tierras, roza la teoría conspiratoria, ya que señalan directamente al gobierno como culpable. Creen que todo fue una treta para apoderarse de las importantes vetas de carbón de la zona. Dejando a un lado la locura paranoide de esta última supuesta causa, lo sorprendente de toda la historia de Centralia es que el incendio jamás pudo sofocarse. Se propusieron decenas de soluciones y se tomaron fuertes medidas durante las décadas posteriores, pero el fuego subterráneo continuó su violenta combustión desquebrajando calles, expulsando grandes columnas de humo de la tierra y escupiendo rescoldos entre las llamas de los socavones.

Durante los años setenta y ochenta el problema comenzó a hacerse cada vez más patente, pese a que aún quedaban más de un centenar de habitantes que habían depositado sus esperanzas en el fin de las llamas. La alerta cundió cuando el propietario de la gasolinera del pueblo descubrió, mientras revisaba los tanques subterráneos de gasolina, que el carburante se encontraba a casi 80 ºC (la temperatura más alta recomendable es de 20 ºC). Otro hecho alarmante fue la caída de un muchacho por un hoyo de cincuenta metros de profundidad, que se abrió bajo sus pies mientras jugaba en el patio trasero de su casa. Finalmente, todo el pueblo fue obligado a marcharse por un programa de reubicación del gobierno central, que condenó Centralia a su clausura en 1992 (todavía hoy se pueden leer los múltiples carteles de advertencia que informan sobre la inestabilidad del suelo, los gases expulsados y el peligro de muerte). Hubo una serie de demandas de algunos propietarios que acabaron resolviéndose a favor de los habitantes a principios de 2007. Nueve personas retornaron a sus tierras, bajo su propia responsabilidad, pese a lo inhóspito del paisaje, lleno de gases tóxicos que continúan emanando del interior de la tierra.

Un dato curioso es que en los años siguientes al inicio de la terrible tragedia, eran muchas las escuelas católicas que tenían sede en la zona, las cuales aportaron su propia conjetura ideológica al misterio de Centralia: sin duda todo el odio, la violencia y la sangre derramada a lo largo de los años habían corrompido la tierra hasta el punto de que el mismísimo infierno se abría paso hacia la superficie.

Es interesante constatar cómo la historia de Centralia, pese a su agonizar actual, sigue más viva que nunca, al igual que las llamas que lamen la ciudad desde el interior. El infierno de este lugar ha inspirado a cientos de artistas a lo largo del tiempo con poemas, novelas, una ópera rock y algunas películas. Entre estas últimas, la que más llama la atención es Silent Hill (2006). aunque está basada abiertamente en la conocida saga de videojuegos, su guionista, Roger Avary, se inspiró en la población de Pennsylvania. Más allá de las obras de ficción, Centralia sigue despertando gran interés entre investigadores y curiosos, que han retomado esta historia en varios reportajes (como el de BBC News), interesantes documentales (entre los que destaca el realizado en 2007 por Chris Perkel y Georgie Roland, The Town That Was) y en el excelente trabajo de investigación realizado por David DeKok en su libro Fire Underground: The Ongoing Tragedy of the Centralia Mine Fire (2009).

Con todo, la tierra humeante de Centralia sigue en pie, quejumbrosa y agrietada, quebradiza y débil, siendo devorada lentamente por dos de las más poderosas fuerzas de la tierra: el fuego que la golpea desde abajo y la naturaleza que poco a poco engulle la ciudad. En un pequeño rincón, enterrada a buen recaudo de las llamas, aún espera dormida la cápsula del tiempo que fuera depositada en 1866 con la historia de la ciudad. según reza su inscripción, debería abrirse en 2016. Si el fuego no los devora ¿cuántos secretos más desvelará el infierno de Centralia?

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Templarios

José Manuel Morales.

Templarios. Claves ocultas en catedrales góticas, vírgenes negras y la búsqueda del Santo Grial en España.

Ediciones Luciérnaga. Barcelona, 2017.

272 págs.

16,95 €

 

¿Está todo escrito sobre los templarios? O mejor dicho, ¿está todo escrito sobre los templarios en España? Muy probablemente, con la publicación de Morales, ahora sí. Pero Templarios no es un ejemplar más que engrose la pila de libros dedicados al tema, Templarios es una mano tendida y un billete de ida. Es el mismo autor quien nos agarra y nos hace de guía en un auténtico viaje en el que el lector recorrerá no solo España, sino también parte de Europa e incluso Egipto. La gran baza de Morales reside justamente en el estilo con el que ha dotado su obra: un relato, documentado y verídico, testimonial y anecdótico, con una prosa propia de una buena historia. El autor nos muestra, a lo largo de su camino, un maravilloso viaje en el que nos embarca en los misterios de la Orden del Temple.

Los diferentes capítulos responden a una jerarquía temática, en escrupuloso orden, que divulga desde los aspectos más generales hasta los más concretos, amenizando la lectura con su propia aventura en primera persona y la reproducción en ocasiones de diálogos con testigos anónimos que encuentra en su viaje. De esta forma novedosa, aunando una prosa cuidada y una documentación exhaustiva propia de un buen investigador, nos ilustra sobre los verdaderos templarios, su historia y sus símbolos, para pasar a asombrarnos con los secretos que las catedrales góticas que salpican Europa tienen para nosotros.

Casi como una guía de viaje que nos marca la ruta a seguir —plagado de fotografías cómplices del viaje—, Morales se desliza por la geografía española con especial interés por las vírgenes negras, como La Moreneta de Montserrat. Su recorrido termina con una aventura tan manida como la búsqueda del Santo Grial, del que a lo largo de la obra nos va dejando pistas, pero consigue captar tanto nuestro interés que la lectura se convierte en una intrépida exploración.

 

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Musgos de una vieja rectoría

Musgos de una vieja rectoríaNathaniel Hawthorne.

Musgos de una vieja rectoría. Relatos fantásticos y siniestros.

Valdemar. Madrid, 2015.

376 págs.

25 €

Hawthorne puede considerarse, dentro de la literatura norteamericana, como uno de los autores más relevantes de la narrativa del siglo xviii. El conocido escritor de Salem, con una brillante pluma que mezcla un arraigado sentimiento religioso y su consciente preocupación por la moral y entereza humanas, despliega su imaginario en dieciséis increíbles relatos alejados de la visión más realista de su posterior La granja de Blithedale.

El estilo de Hawthorne, además de responder a la narrativa gótica norteamericana con aspectos propios del gótico sureño, está plagado de elementos que, más que convertir las historias en sobrenaturales, ayudan al lector a introducirse de lleno en lo siniestro y, por tanto, a convocar lo extraño en un ambiente que en principio se cree seguro. Lo inquietante de la prosa de este autor se encamina más hacia la perspectiva de lo ambiguo; así consigue que el lector no reconozca la naturaleza de los hechos narrados, sombras dispuestas a perturbar al espectador y provocar preguntas sobre la moralidad humana. Lo interesante de los relatos que alberga esta antología no radica en los hechos descritos en sí, sino en cómo estos son más bien la excusa perfecta para enredar y desviar la atención ante un tipo de actitud, un comportamiento, que terminará entreabriendo una puerta hacia lo macabro. Musgos de una vieja rectoría es, ante todo, una colección de perturbaciones morales de otro tiempo, pero sin duda hará las delicias de los lectores ávidos de un terror fantástico olvidado, el espanto cercano que proviene directamente de los hombres.

Entre todos los relatos de la presente antología, cabe destacar cómo Hawthorne nos presenta diferentes estilos de su narrativa. Así, encontramos relatos puramente alegóricos llenos de simbología que señala directamente a la sociedad, como «El egoísmo» o «La serpiente en el pecho», donde el protagonista puede ver a los malévolos reptiles que se enroscan en los corazones de los hombres y constatar cómo actúan estos. Un político con una boa constrictor que ahoga y devora al país y un avaro cuya serpiente es de bronce son algunos de los ejemplos, que siempre inciden en la descripción de la maldad, retratando el nido del alma humana bajo la visión pesimista del autor.

Relatos como «El joven Goodman Brown», sin embargo, insisten más en la visión fantástica, si bien esta también adopta una perspectiva social, pues el lector se convierte junto al protagonista en testigo de cómo cae la buena apariencia de las grandes personalidades del lugar al despojarse estas de sus máscaras para acudir a un sabbat donde la maldad muestra su verdadero rostro. Un increíble relato que recuerda a la visión de la bruja de M. R. James en «El fresno».

Pero sin duda una de las mejores historias, muy célebre dentro de la literatura norteamericana, es «La hija de Rappaccini». El núcleo narrativo de la obra se centra en un jardín de auténtico carácter gótico, donde un científico obsesionado por el estudio de los venenos ha creado un museo de horribles plantas tóxicas. A tales proporciones llega su obsesión, que no duda ni un instante en hacer de su propia hija un experimento viviente, al dotarla de las características que provocan la muerte en vida de la hermosa joven.

Una antología cuidada, editada con gran acierto como ya es costumbre en Valdemar y que proporcionará al lector exigente una inquietante pero placentera lectura.

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La noche en que el ciudadano nos la jugó

¿Qué sería del mundo sin bromas? Tal están las cosas hoy en día, que muchos nos preguntamos cuándo se acabó de matar el humor en el mundo posmoderno. Y es que al humor no se le puede reprochar nada, siempre y cuando respete los límites de sus propias perspectivas. El humor es vida que decía el gran Groucho, pero también es mucho más. Por medio del humor que hace surgir la risa de lo más profundo de nuestro ser, juzgamos el mundo, como indicaba Bergson. El ojo crítico con el que juega el humor nos permite seguir creyendo —todo lo posible— en la libertad de expresión y en el poder de las sonrisas. Gracias a las parodias el ser humano supera sus traumas: así han demostrado los diferentes pueblos que han conseguido desarrollar la no fácil tarea de reírse de sí mismos, y prueba de ello es Blackadder Goes Forth (1989), donde un joven Rowan Atkinson se reía de la I Guerra Mundial; igual lo hemos intentado nosotros —los míticos sketches de Gila— con la Guerra Civil —Plaza España (2011)—, pero con poco éxito… debe ser que aún somos reacios a superar ciertas cosas, una lástima. ¡Y lo que nos hemos reído de los nazis! Los hemos transformado desde zombis —Zombis nazis (2009)— hasta seres rencorosos que huyeron del planeta y esperaron su regreso en el espacio —Iron Sky (2012)—. Pero aun así, desde esta óptica, si una revista satírica hoy en día ataca a un conjunto ideológico de esta índole en nuestro país, seguimos sorprendiéndonos de la más horrible de las formas.

Fuera como fuese, el humor está presente en nuestra historia de forma natural. Los bromistas pronto comenzaron a aprovecharse de los crecientes medios a inicios del siglo XX para subir un escalón más alto en la gracia colectiva. Los años veinte supusieron el nacimiento de las más prestigiosas emisoras de radio de todo el mundo, destacando Inglaterra con la British Broadcasting Company (BBC), fundada en 1922. Cabe aclarar que no nos quedamos atrás, 1924 es el año que surge la Sociedad Española de Radiodifusión (SER) siendo todavía una de las emisoras más escuchadas en territorio nacional. Pero es la célebre Columbia Broadcasting System (CBS, 1927) la protagonista en esta ocasión. El poder de comunicación de los gigantes informativos se comenzó a palpar en los años de su creación y se confirmó en los siguientes, tras la Crisis del 29. La noche del 30 de octubre de 1938, fueron los estudios de la CBS desde donde un joven Orson Welles nos la jugó a todos.

Aunque en un primer momento no estaba planteado como broma, Welles, que desde unos años atrás ya trabajaba junto con Howard Koch en la radio adaptando textos literarios a representaciones radiofónicas, se le ocurrió la maravillosa idea de retar el endeble espíritu norteamericano mezclando realidad y ficción. Consiguió crear un guion de radio adaptando la novela de ciencia ficción de H. G. Wells, La guerra de los mundos (1898), donde se relata la invasión de los marcianos a la Tierra, pero lo hizo tan bien que incluso habiendo advertido al inicio del programa que se trataba de una dramatización, la gente lo creyó verdad absoluta. Ya sólo el inicio, “El profesor Farrel del Observatorio de Mount Jennings de Chicago reporta que se ha observado en el planeta Marte algunas explosiones que se dirigen a la Tierra con enorme rapidez… Continuaremos informando.”, un inocente y aparentemente verídico noticiero, empujó a millones de habitantes de Nueva Jersey y Nueva York a precipitarse en sus coches a las carreteras, huir de sus casas en masa, colapsar los servicios de emergencia…

El posterior creador de Ciudadano Kane (1941), maestro del cine y devoto shakespeariano, jugó con los misterios insondables del alma, con la inocencia y la ingenuidad americanas, con el humor, la ficción y todo siempre desde la profesionalidad. Welles demostró al mundo aquella víspera de Halloween, nos demostró a todos, que nada es absoluto y todo se puede tergiversar… hasta las lechuzas, según Lynch, no son lo que parecen.

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Las otras miradas de otros en cuatro pasos

Pero, entre nosotros, entre tú y yo, se interpone una figura extraña, exótica, extranjera; una figura que proviene de un exterior lejano y acaso hostil. Una figura (des)calificada por mil lacras que acompañan a un solo y versátil prefijo (ex-).

Patxi Lanceros. “Gente vil y sin nombre

 

¿Dónde reside la fuerza de la humanidad? ¿Dónde radica su permanencia como especie? Incluso alguien —el más avezado de la clase— se atreverá a preguntar, con cierta desesperación, ¿cómo es que no nos hemos extinguido antes? Desde luego uno de los grandes misterios de la historia, sobre todo si tenemos en cuenta los últimos cincuenta años de nuestro devenir. En cualquier caso, y a nivel personal, creo que una de las razones por las que nos mantenemos hoy en día es la búsqueda constante. Búsqueda —bien por curiosidad o por necesidad— ante todo de nosotros mismos. En el fondo somos simplemente identidad, formada completamente o en camino de construirse, pero identidad al fin y al cabo. Buscamos incesantemente forjar nuestro ser por medio de múltiples herramientas, ya sea por estética —donde las denominadas tribus urbanas juegan un papel fundamental—, por pensamiento —por medio de ideologías que van moldeando nuestro propio criterio— o incluso por aparentes formas de vida —desde un deportista en oposición a un sedentario hasta el vegano que ataca al carnívoro—.

Y justamente en esa búsqueda constante de identidad es donde encontramos la figura clave: el otro. Ay, ¡cuántas obras podrían resumirse simplemente en la búsqueda y confrontación con el otro para llegar a la identidad misma! Existen diferentes definiciones de lo que simboliza en sí el otro, pero sin duda me quedo con la de Baudrillard. Para el pensador francés, el otro es aquello que queremos mantener alejado de nosotros pero que sin embargo necesitamos para construir nuestro Yo. Somos simples, así que nos construimos a nosotros mismos por oposición —soy de izquierdas porque no soy de derechas, me gusta leer porque no soy futbolista… o incluso, soy trekkie porque no soy warsie, por ejemplo y otras oposiciones por el estilo—. En síntesis, buscar a ese que no soy yo y que utilizo para diferenciarme es la eterna lucha de los pueblos, pero… ¿cómo lo refleja la literatura?

Sirva esto como iniciación a un mundo vasto, el de los otros hostiles, que inunda la cultura en múltiples aspectos. Ahora bien, ¿quieres encontrar la mirada de los otros entre libros? Estos cuatro pasos te llevarán ahí… o a otro sitio, quién sabe.

PASO UNO. Antes de buscar a los otros, de entenderlos, nada como entenderse uno mismo. Y no sólo depende del humor con el que te has levantado esta mañana o del tipo de camisa que has escogido, Tabucchi nos adentra en un universo mucho más profundo que va más allá de si eres más de café o de té. La confederación de las almas es toda una teoría entre la filosofía, la psicología y la antropología que el escritor italiano —pero portugués de corazón— explica a las mil maravillas en una de sus obras maestras: Sostiene Pereira. Si aún no está entre tus lecturas, dicen que es uno de esos libros que leer antes de morir.

PASO DOS. El otro básico comienza aquí. Antes de nada, a veces un buen chicle hace maravillas. No es que tenga que ver con la halitosis, sino con el aliento vital; sólo que la búsqueda de la vitalidad interior, a veces puede provocar mareos. Aquí entra en juego el Poe más desconocido, aquel que enarbolaba humor ácido y grotesco en parte de sus narraciones. En “El aliento perdido” seremos testigos de la búsqueda de un hombre de su identidad pero de la forma más palpable posible: ha perdido, literalmente, el aliento; de hecho, una de las escenas, cuando por error van a ejecutarle, el hombre no muere… ¿quién puede morir sin su aliento? Merece la pena, como refuerzo en este paso, contrastar el relato de Poe con el curioso “Último aliento” de Joe Hill —en su antología Fantasmas—, donde un curioso y extraño museo termina convirtiéndose en un guiño al maestro.

PASO TRES. Del otro pasamos a lo extraño. Y es que si el mundo está lleno de identidades extrañas y estrambóticas, este tercer escalón nos lleva al mundo de lo monstruoso y lo deforme, aquellas categorías estéticas que por el rechazo y la repulsión que provocan, construyen nuestro yo por aversión. Sin duda se engloba dentro de lo extraño la construcción de identidades igualmente repulsivas, desde el racismo a la intolerancia, o desde el nacismo a la esclavitud. Para entender las miradas de esos otros extraños y monstruosos nada mejor que El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, o algo más actual como Vida y amores de una maligna de Fay Weldon, que casa a la perfección con Freaks de Browning (La parada de los monstruos, 1932) o la primera filmografía de Cronenberg, con especial atención en La mosca (1986).

PASO CUATRO. La mirada última, casi de soslayo, del otro, recae en lo incognoscible. Ocupa este escalón aquello que por insondable termina traspasando fronteras identitarias. Un otro que remueve conciencias, que representa los límites más oscuros y misteriosos del alma humana. Ejemplifica este paso un relato, corto pero sencillo, como puede ser “El extraño” de Lovecraft. Termina por clasificarse aquí ese otro que provoca la destrucción de la identidad, y sin duda para estómagos mejor preparados encontramos obras maestras como Salò de Pasolini o la búsqueda brutal y cruenta de Plop de Rafael Pinedo.

Identidades varias, otros y miradas… ay, si buscásemos mejor… Otro gallo nos cantaría.

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Menú del día… nada apetitoso

Canibalismo

La gastronomía es uno de los aspectos diferenciadores de una cultura. Tanto es así que cuando viajamos siempre recomiendan probar los diferentes platos típicos de cada zona para que nos hagamos una idea más nítida de cada pueblo. Por los viajes al extranjero somos conscientes de lo saludable de la dieta mediterránea y no faltan buenos viajeros que como comensales en otros países claman aquello de “Como en casa, en ningún sitio”. Nos asombramos continuamente al conocer qué animales son considerados manjares en unas zonas del planeta o la afición obsesiva por el picante en otras. Pero… ¿qué ocurre cuando el ingrediente principal de la receta es lo que realmente nos horroriza? Condenado en la actualidad, adjetivado de inhumano y rechazado en el Primer Mundo, el canibalismo todavía sigue siendo un oscuro episodio de la humanidad que no ha terminado de erradicarse…

Existen evidencias de canibalismo desde la Prehistoria hasta que quedó anclado en el siglo XIX en casos aislados de algunas culturas del Pacífico Sur. Hoy en día son célebres los korowai, originarios de Papúa Nueva Guinea, una de las pocas tribus que comen carne humana y conocida gracias a la labor de investigación y acercamiento del antropólogo Paul Raffaele. La mayoría de los korowai, según Raffaele, viven aislados del mundo y no conocen más allá de su hábitat, sus rituales caníbales se basan en matar y devorar a aquellos que consideran khakhua, término con el que designan a los brujos y brujas. Claro que nos echamos las manos a la cabeza al escuchar esto, pero… no sé qué es más horrible, si comerse a una persona que es acusada de brujería o quemarla viva.

Pero el sinsentido del mundo posmoderno nos ha dejado perlas mucho más increíbles que rozan el absurdo y dinamitan la fe en la humanidad. Tal es el caso de la autodenominada Iglesia de la Eutanasia, cofundada por la conocida música transgender Chris Korda en Massachusetts en los años noventa. No sé qué es exactamente lo que se les pasaría por la cabeza a los fundadores de este extraño movimiento, pero predican sus cuatro pilares fundamentales como suicidio, aborto, canibalismo y sodomía. Esta suerte de activistas que protestan contra la superpoblación del planeta, promueven el veganismo radical, por lo que debe ser que destinan el canibalismo para sus adeptos no iniciados en las dietas veganas… Por el momento quiero pensar que hay más de humor negro de mal gusto que de realidad verídica en el supuesto movimiento, pero nunca se sabe.

Las noticias de caníbales reales hoy en día salpican los telediarios cuando se trata de asesinos cruentos, personas que a menudo sufren desequilibrios mentales y que nos recuerdan que el mundo está día a día un poco menos cuerdo. La ficción se ha nutrido de monstruos como Nicolas Cocaign —el caníbal de Rouen—, Jeffrey Dahmer o Armin Meiwes —el caníbal de Rotemburgo—, y ha dado personajes tan aterradores como carismáticos, recordando todos al Doctor Lecter que Thomas Harris perpetuó con su pluma —que nada tenía que envidiar al violento asesino de “Un hombre bueno es difícil de encontrar” de Flannery O’Connor—. Un canibalismo que puede tornarse en filosofía de la manera más perversa, como sucede en la primera novela de David Cronenberg, Consumidos (Anagrama, 2016), altamente recomendable y de una exquisitez que poco tiene que ver con el apetito.

Sea como fuere, el canibalismo ha ido evolucionando en la clandestinidad y lo verdaderamente inquietante es la fuerza que posee al haber retomado la característica de ritual originario de las civilizaciones americanas antiguas. El misterio del ritual proviene, muy seguramente, de la misma clasificación como tabú. Al quedarse confinado como algo prohibido, el canibalismo ha ido reforzándose sobre todo en dudosas sociedades secretas o creciendo como leyendas urbanas. Tal es así que hemos podido degustar algunos extraños platos en recetarios televisivos como Masters of Horror o The Hunger.

En el caso de Masters of Horror, el episodio 12 de la segunda temporada, “Los Washingtonianos” (2007), nos muestra una oscura logia que pervive desde que fue fundada por el mismísimo George Washington y que a día de hoy sigue manteniendo el ritual caníbal. The Hunger, si bien en España recibió el poco acertado título de El lado salvaje del deseo, es una serie similar, de capítulos autoconclusivos y poco conocida hoy día, pero que sin duda posee grandes capítulos memorables. En el cuarto episodio de la primera temporada, “The Secret Shih Tan” (1997), narra la obsesión de un maestro cocinero por un antiguo recetario chino que le llevará a cocinar el más inesperado de los platos.

Por lo que, si su estómago se lo permite, siempre es un placer —no del todo culinario— revisitar estas obras, más allá de la monstruosidad caníbal. Pero cuidado, no hay que olvidar que, como dice el refrán, de golosos y tragones están llenos los panteones, así que no se pegue el atracón.