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Las extrañas tumbas rupestres del Cortijo de Casma

Vista del Cortijo de Casma

El actual cortijo de Casma es una construcción totalmente recuperada en el siglo XIX que se levanta sobre los restos de edificaciones rurales mas antiguas. Se ubica frente al mar, en la falda de la Sierra del Retín, entre las poblaciones gaditanas de Barbate y Zahara de los Atunes. Anteriormente propiedad de la casa Medina Sidonia, desde 1982 pertenece al Ejército que lo adquirió, junto con un un terreno de algo mas de 5000 hectáreas, para la realización de prácticas militares anfibias. Por otra parte, se trata del primer campo de adiestramiento de las FAS que ha implantado un sistema de gestión medioambiental, siendo premiado por diferentes organizaciones ecologistas.

Y es precisamente el entorno ecocultural lo mas importante para el tema que vamos a tratar, ya que se observan en las inmediaciones del caserío, entre la profusa vegetación, gran cantidad de evidencias arqueológicas de casi todas las etapas históricas: varios abrigos con pinturas rupestres figurativas y esquemáticas, dólmenes, restos turdetanos, fenopúnicos, romanos… hasta bunkers de los construidos, preventivamente, durante la II Guerra Mundial. También es rico este espacio en manifestaciones etnológicas ancestrales, ya que aun están en uso las antiguas técnicas de pesca, almadrabas y salinas. También cuenta el cortijo de Casma con su leyenda particular: la de una bella aristócrata que bajaba a caballo hasta la playa para encontrarse con su amante,  que no era otro que el joven Rey Alfonso XIII. No toda la leyenda es real, pero la estancia de la dama (supuestamente la archiduquesa María Cristina) en Casma sí que es verídica, aunque… eso es otra historia.

No obstante, por pertenecer al Ejército, no hay dificultad en acceder a estos terrenos si se solicita una autorización. Una vez llegados al cortijo, el oficial de guardia (en nuestro caso el teniente A. Atienza), nos aportó la información pertinente para localizar los restos arqueológicos que deseábamos investigar. Se trata de tumbas rupestres (muy abundantes en la zona del Campo de Gibraltar), que en este caso, sin embargo, presentan características específicas dignas de singular atención.

Ubicadas a media ladera frente al caserío, están excavadas en los afloramientos de rocas areniscas de la propia formación geológica de la sierra del Retín. La mayor parte de ellas se sitúa en posición fuertemente inclinada, lo que induce a pensar que, con el transcurso de los siglos, alguno de estos peñascos haya basculado sensiblemente.

Esta reducida necrópolis está compuesta por seis sepulturas que se intercalan con otras estructuras -pequeñas piletas de diferentes formas- también labradas en la misma piedra, y las múltiples cazoletas. Casi todos los sepulcros de este área fueron estudiados por los padres de la historiografía prehistórica hispana quienes arrojaron sus opiniones sobre ellas, pero ni siquiera en las más recientes investigaciones se ha podido dilucidar su fecha, ya que no pueden vincularse a ningún resto material al que sea factible aplicar técnicas de datación absoluta (como el carbono 14 para los huesos; termoluminiscencia para las cerámicas, dendrocronología para los troncos, etc.), ni  tampoco se han encontrado en lugar próximo niveles de habitación o productos antrópicos fechables. Así, pues, su encuadre cronológico parece hacerse imposible. Queda un último recurso para intentar adscribirlas a una cultura determinada: el estudio morfoestilístico; es decir, comparar “nuestras” tumbas con otras que presenten las mismas características y que sí estén fechadas. Lo malo es que desde el neolítico hasta la tardía Edad Media existen enterramientos similares, así que tampoco con esta metodología se avanza…  En consecuencia, las hipótesis sobre la adscripción de la necrópolis pivota entre la prehistoria reciente y la alta Edad Media (visigoda).

Pero, mas allá del marco cronológico, hay otro dato de mayor trascendencia: su función. A simple vista esto podría parecer una obviedad, pero no lo es: las tumbas son ligeramente antropomorfas, aunque sin delinear lo que sería la silueta de un cuerpo humano: se limitan, o bien a una planta mas estrecha en los extremos (cabeza y pies) y mas ancha en el centro (para el torso) o a una morfología oblonga. Pero en todos los casos los bordes están escasamente trabajados (no son planos, mas bien redondeados e irregulares) y se vuelven ligeramente hacia el interior, como si el espacio funerario fuera un recipiente. Esto ha dado pié a que los antiguos lugareños pensaran que se trataban de abrevaderos para el ganado hechos por los moros, aunque esta utilización no es factible debido a su inclinación y escasa profundidad.

Por otra parte, los elementos funerarios con este diseño se cubrían sistemáticamente con losas de piedra (en número variable, generalmente de una a tres), que tapaban por completo al difunto; sin embargo, en este caso no podría ser así por las siguientes causas:

  • Varias tumbas se hallan en posición bastante inclinada, con lo cual el difunto quedaría en su interior  totalmente inestable y, aun asumiendo que algo de esta inclinación se deba a cambios en la propia roca matriz por causas naturales, está claro que en origen ya no eran horizontales, de forma que, si no el cadáver, sí las losas que los cubrían se deslizarían y caerían al suelo.
  • Para que la cubierta cierre bien es necesario que los bordes estén planos, y, sin embargo, en esta necrópolis no se les ha dado dicho tratamiento; además, normalmente las losas dejan marcas de encaje sobre el soporte: hendiduras, raspaduras… que en este caso no son observables en absoluto.
  • No se ha encontrado ninguna laja de tapadera o fragmento de ella. Es cierto que se pueden haber reutilizado para construcciones posteriores pero este lugar es rico en piedra, así que no tienen demasiada necesidad de ellas y, además, siempre habría alguna que antes o durante el traslado se fragmentaría y quedaría, por inservible, en el suelo. No obstante, aquí no se ve ni rastro de esas supuestas tapaderas.
  • Y lo mas importante: la hoquedad para el cuerpo tiene escasa profundidad, siendo así que el cadáver quedaría, literalmente, aplastado por las losas cuando se las pusieran encima.

En la actualidad todavía perviven seguidores de la religión zoroástrica: en India, Paquistán, Uzbequistán… En ella se mantiene la tradición entre los parsi, de dejar a los difuntos en altos promontorios aislados (las “torres del silencio” o dokhmas), donde los buitres se encargan de descarnarlos y posteriormente se recoge la osamenta “pelada” para depositarla en un osario.

A lo largo del tiempo no ha sido esta la única cultura con esas usanzas: Claudio Emiliano nos transmitió una costumbre similar entre la casta norteafricana de los Barceos: “Los barceos, un pueblo de Occidente, ultrajan los cadáveres de los muertos por enfermedad, ya que consideran que han muerto cobarde y afeminadamente, y los entregan al fuego; pero a los que han perdido la vida en la guerra, los consideran nobles, valientes y dotados de valor, y en consecuencia, los entregan a los buitres, porque creen que éstos son animales sagrados”. Por su parte, Silio Italico, refiriéndose a un pueblo que nos es mucho mas cercano en el espacio, los íberos, dio testimonio de que este pueblo hacía algo por el estilo con sus héroes: “Los iberos: Para estos hombres morir en la batalla es algo glorioso, y quemar el cuerpo es un crimen. Creen que el alma vuelve al cielo si el buitre hambriento come el cuerpo caído”.

Ante estas evidencias, pensamos que las sepulturas de Casma pueden no ser tales, si no secaderos de cadáveres. Esta propuesta la refuerza en hecho de que en los alrededores no se haya documentado ningún tipo de hábitat humano ya que, junto con lo inapropiado por la vertiente del terreno, en su momento no sería factible vivir en sus aledaños, tanto por los malsanos olores como porque los animales, en su caso, no se acercarían. Sin embargo, es un lugar perfecto para las buitreras.

Así, los difuntos se abandonarían en estas bateas pétreas hasta que los agentes naturales los dejaran reducidos al esqueleto (esta operación puede durar hasta un año), para después ser trasladados, como enterramiento secundario, posiblemente a una tumba colectiva. En la Península son escasas las evidencias de este procedimiento, pero en todo el planeta han sido muchos los pueblos que aplicaron la desecación natural; por poner un par de ejemplos en cada extremo del mundo: los Augas en Nueva Guinea-Papúa, que dejaban a sus difuntos totalmente “secos” y después los rociaban con polvo de minerales y no los inhumaban. También los Guanches en Canarias, que ponían a desecar a sus muertos al sol, durante el día, y al humo de hogueras próximas, por la noche, procediendo a la momificación una vez el cuerpo había perdido todos sus líquidos.   

De manera que, en base a a lo antedicho, lanzamos la hipótesis de que las tumbas rupestres del cortijo de Casma sean en realidad  pudrideros, aunque eso sí, de fecha aun indeterminada.

Fotografías: Esther Núñez Pariente de León

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Leyendas y curiosidades del Cementerio de Sevilla

A partir de mediados del siglo XIX en Sevilla se condensaron los enterramientos -que hasta entonces se dispersaban en pequeños cementerios locales vinculados a parroquias u hospitales- en una única necrópolis. Inicialmente esta se denominó de San Sebastián y se ubicaba próxima al Hospital de San Lázaro, y después de San José, situada en terrenos de la Cartuja, si bien no fue hasta 1851, bajo la planificación del arquitecto municipal Balbino Marrón, cuando se comenzaron las obras del actual cementerio de San Fernando, inaugurándose finalmente en 1853.

 

Este presentaba un urbanismo ajardinado, novedoso y cuidado: al considerar los nichos poco agradables y sin «visitas», se relegaron a los espacios perimetrales, utilizándose masivamente para difuntos que no tuvieran demasiadas «visitas» de sus deudos; sin embargo, la calle central -de cerca de 1 km. de longitud y tres rotondas-, así como las adyacentes a la misma, fueron dedicadas a los panteones y tumbas destacados, correspondientes a personajes ilustres y pudientes de la ciudad; todas estas calles tenían nombres de santos o eclesiásticos, pero, eso sí, no podían repetir la misma nomenclatura que las calles urbanas, ya que a nadie le gustaba vivir en una dirección que tenía su homóloga en el camposanto.

El esquema constructivo se entendio como bipartito: el cementerio para sepultura de los católicos, mayoritarios, y el de disidentes, para todos los demás. No obstante, en 1936 se añadió un tercer espacio: el musulman, ya que Francisco Franco se trajo a España durante la Guerra Civil a numerosos marroquies, que exigieron poder enterrarse bajo su propio rito funerario; sin embargo, a penas si se usó, ya que los muertos en el frente eran difícilmente «repatriables» hasta Sevilla, para su inhumación como muslín. Y en 1943 se añadió un cuarto sector diferenciado, en este caso para los practicantes del judaísmo (la meará sefardita).

En el cementerio de San Fernando se condensan auténticas pequeñas joyas de la arquitectura y la escultura: ejemplos son las capillas de los López-Solé y la de los Peyré, realizadas por el insigne arquitecto sevillano Aníbal González; o su propio panteón, donde existe un Cristo llamado del Cachorro, imitación de la tan afamada talla del mismo nombre que en Semana Santa procesiona por las calles de Sevilla. Lo curioso es que se ha llegado a decir que el auténtico es el del panteón y que el de la iglesia, en realidad, lo imita. O el tenebroso mausoleo del Conde del Águila, que arrastra una tétrica leyenda ya que parece ser que en el mismo se han producido apariciones fantasmagóricas… También es curioso el monumento a los caídos en la Guerra de África, pues en su afán por algo así como el clacisismo, imita a los túmulos licios. O la tumba del cantante Antonio Machín, en este caso, mas que por el valor artístico, por la tradición que aun mantienen sus familiares, dado que una vez al año, derraman una botella de ron cubano sobre su lápida y cantan sus canciones.

Otros cenotafios, como el de Miguel Tenorio o el del marquesado Pickman presentan una simbología repleta de elementos masónicos y, en el caso del último, sufrió los avatares que sucedieron a la muerte en duelo del III Marqués, Rafael de León, ya que, debido a la forma en la que perdió la vida, no podía ser enterrado en sagrado, lo que conllevó la ida y venida de católico a disidente y viceversa, en dos ocasiones, del ataúd del noble duelista.

Es lamentable que algunas de las grandes y viejas tumbas estén en un estado total de abandono (la familia propietaria habrá desaparecido o no se acordará de sus antiguos difuntos), quedando visibles desde el exterior, incluso, los restos esqueléticos de los allí enterrados.

También hay una magnífica estatuaria de personajes hispalenses: la del notable pintor José Villegas, director que fue de la Academia de Bellas Artes de España en Roma y del Museo del Prado, cuya tumba presenta, además de la consuetudinaria cruz, la imponente figura de una dogaressa en bronce y una paleta de pintor, confiriéndole este último detalle un toque de romanticismo.

Son numerosos los monumentos de toreros, el más conocido de entre ellos el de Joselito el Gallo, cuyo túmulo fue realizado por el conocido escultor Mariano Benlliure y del que se dice que la gitanilla que va delante del cortejo llora de verdad…  Pero, quizás, la escultura mas representativa de esta necrópolis sea el Cristo de las Mieles. Esta imagen atesora su particular historia: encargada al reconocido escultor Antonio Susillo, este crucificado de bronce tiene en su haber dos leyendas: la primera es que se creyó milagroso ya que de sus labios manaba agua; incluso técnicos del Vaticano estuvieron verificándolo y no fue hasta que se observó su boca por dentro, que se constató que no se trataba de agua sino de miel, ya que las abejas habían realizado un panal en su interior y,  al llegar el verano, cera y miel se licuaron, llegando a rebosar y escurrir por rostro y torso. La otra leyenda es mas trágica, puesto que se pensó que Susillo se había suicidado por culpa de esta imagen. Resulta que, estando maltrecha su economía, el escultor esperaba rehacerla gracias a lo que recibiera por tan extraordinaria obra; sin embargo, descubrió que se había confundido: tenía cruzada la pierna al lado contrario de lo habitual y, pensando que ya nadie la querría con ese defecto, se disparó en la cabeza con una pistola. Años después, el Cristo fue instalado en la primera rotonda de la arteria principal del cementerio: la calle de la Fe; la enorme cruz queda soportada por una elevación de piedras que representan al monte Gólgota, y allí, a una pequeña cripta, fueron trasladados los restos mortales de Susillo en 1940, una vez superados los recelos eclesiásticos  por tratarse de un suicida.

Otro espacio de interés dentro de esta gran necrópolis es el cementerio de disidentes. Aquí se inhumaban todos aquellos cadáveres que no habían recibido las exequias católicas: protestantes y otras religiones (menos los ingleses que tienen su propio cementerio por el barrio de San Jerónimo) además de niños sin bautizar y los que se quitaban la vida. Hacia 1931, con la República, se derribó gran parte del muro que lo separaba de los otros sectores de enterramiento, siendo ahora apenas visible. Hoy en día está casi vacío: hay fosas comunes, se mantienen algunas olvidadas tumbas en el suelo; los escasos nichos no se utilizan y, lo que si se conserva, es un pequeño monumento en forma de pilar rematado en una esfera de piedra, recordatorio de cuatro marineros noruegos que perecieron en el accidental bombardeo, durante la Guerra Civil, del vapor  Gulnes, atracado en ese crítico momento en el vecino puerto de San Juan de Aznalfarache.

Y el último área individualizada del cementerio hispalense es el dedicado a los profesos del judaísmo. Tuvo un origen mas tardío -en 1943- ya que hasta entonces, los difuntos de esta religión se inhumaban en una franja de terreno indiferenciada del resto, que fue otorgada por el Ayuntamiento a la comunidad judía en 1900 y que estaba próxima a la zona de fosas. En 1949, por petición de una comisión estadounidense entre la que se encontraban varios judíos, se solicitó por vía oficial la mejora de “su” cementerio. Es curiosa la circunstancia de que, en este caso, una de las mejoras requeridas era vallarlo completamente, al objeto de que estos difuntos estuvieran nítidamente diferenciados de los de cualquier otro credo.   

Fotografías: Esther Núñez Pariente de León.