Gautier, Le Fanu, Stoker… todos ellos autores con algo en común: literatura del clásico y gótico vampirismo. Pero ya saben los ávidos lectores cómo y hasta qué punto se han ido degradando las figuras vampíricas a lo largo y ancho de la literatura, especialmente en la de los últimos tiempos —con la excepción quizá de las memorables e importantes aportaciones de Ann Rice—, y de qué manera han hecho que corran ríos, no de sangre en este caso, sino de tinta. Cuántas leyendas han surgido a raíz de la literatura es un misterio, pero lo seguro es que son más de cientos. La aportación literaria al imaginario popular, más en concreto al de la península ibérica, donde se mezcló con supercherías y supersticiones en sus zonas rurales, es el tema que nos ocupa. ¿Cuántas veces se deformó a criminales y sacamantecas —como el célebre Juan Díaz de Garayo— caracterizándolos como vampiros? ¿En cuántas ocasiones el odio y la desconfianza a los buhoneros de la época hizo que se les tachase de servidores a un mal superior?

Algo similar, desde la literatura y pasando por el colador de las supersticiones —con algo de casualidad de por medio—, ocurrió en Borox, pueblo perteneciente a Toledo; un lugar plagado de historia incluso desde el siglo XII donde se vinculó la localidad a la Orden de Calatrava. Rodeado por montes bajos salpicados de esparto manchego, amplias tierras de olivos y pinares frondosos, Borox no deja de sorprender al atento caminante que se adentra en sus alrededores, donde incluso puede llevarse la sorpresa de encontrar una lápida de principios del siglo XX entre sus montes. Pero lo que removió la curiosidad de investigadores del misterio allá por la década de los ochenta y noventa no fueron sus casas blancas o sus lugares de rodaje cinematográfico —Viento del pueblo (2002), 800 balas (2002)…—, sino una extraña leyenda que tenía sus orígenes a finales del siglo XIX.

La leyenda contaba cómo un féretro, desembarcado en el puerto de Cartagena, Murcia, comenzaba su andanza por tierras españolas camino a Galicia en 1898. Reclamado en A Coruña, el “ataúd maldito”, como lo denominó el investigador Jordi Ardanuy —antropólogo en la Universidad de Barcelona y que estudió el caso con detenimiento—, recorrió la península en diagonal, haciendo diferentes paradas en su trayecto y arrastrando a su paso horribles casos de asesinato, desapariciones y anemias perniciosas. ¿Qué vinculaba el paso del ataúd a tan desdichadas casualidades? Objetivamente, nada. Pero bastó la excusa y las exageraciones populares para crear la que más tarde se conoció como la leyenda del vampiro de Borox. Pese que el supuesto paso del féretro fue por toda España, las habladurías concluyeron que fue en este pequeño pueblo de la Mancha donde más estragos causó. ¿Qué alimentó estas habladurías? Pues ni más ni menos que una coincidencia literaria que un abogado de Madrid leyó en un relato fantástico, “Historia popular de los vampiros Zarco y Amalia”, incluida en Las noches lúgubres (1964) de Alfonso Sastre. Este relato donde se menciona de soslayo el nombre de Borox, es uno de los numerosos errores en cadena que fueron formando la montaña en la que se convirtió la posterior leyenda.

Como bien apunta Ardanuy, “El «vampiro de Borox» del que nos habían hablado en esa población de la Sagra era simplemente una creación literaria de Sastre y sólo había dejado una muy tímida imprenta en la población toledana.” (“El fals cas de l’upir de Borox i el seu origen literari”, L’Upir 9 2006). Ahora bien, ¿qué es lo que provocó esa fijación en el pueblo manchego? ¿Hubo quizá una serie de asesinatos —un sacamantecas quizá— en las fechas oportunas y se terminó “explicando” por medio de la leyenda? Quién sabe, quizá dé para futuras indagaciones.