Muchas son las narraciones literarias de duendecillos, genios, espíritus familiares y seres similares, pero ninguna tan asombrosa a la par que misteriosa como la —mitad historia, mitad leyenda— protagonizada por el doctor Eugenio Torralba a principios del siglo XVI. Y no es de extrañar que parafrasee el título de esta entradilla con el de la obra de Stevenson, pues la historia del médico y su curioso compañero llegan incluso a ser más fantásticas y maravillosas que las del autor victoriano.

Tan conocidas eran las andanzas del doctor Torralba y su duende, que son citadas por el propio Cervantes en el capítulo XLI de la segunda parte del Quijote, poniendo en boca del ingenioso hidalgo al dirigirse a su escudero: “Acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto”

Cervantes se refiere aquí al histórico saqueo de Roma por parte de los imperiales en 1527. Y de la misma forma lo recoge el célebre filólogo Menéndez Pelayo en su Historia de los Heterodoxos españoles (1880-1882): “Sabedor Torralba, por las revelaciones de su espíritu, de que iba a ser saqueada Roma por los imperiales, le pidió la noche antes que le llevase al sitio de la catástrofe para presenciarla a su gusto. (…) Zequiel hizo montar a nuestro médico en un palo muy recio y nudoso (…) y remanecieron en Torre de Nona y vieron la muerte de Borbón y todos los horrores del saco.”

El extraño duende Zequiel, que fue entregado al doctor por un fraile dominico italiano en 1501, lo acompañó durante toda su vida guiándole en el arte de la medicina y proporcionándole riquezas hasta este fatal incidente en el que presenció con horror el Saco de Roma. Tras narrar lo acontecido con todo lujo de detalles semanas antes de que la noticia llegara a la Corte, fue acusado a la Inquisición por brujería y posteriormente torturado durante cuatro años, así recoge la historia Jesús Callejo en su obra Duendes. Guía de los seres mágicos de España (1994).

Cierto es que el misterioso Zequiel confiaba al doctor Torralba todos los secretos de Estado y los tejemanejes políticos del momento, por lo que no es de extrañar que el mismo Galdós utilizase el nombre (como apelativo de Ezequiel) para uno de los personajes de Los duendes de la camarilla de sus Episodios Nacionales, una de tantas obras que atestiguan los revuelos y tretas de políticos y religiosos.

El caso de Torralba y Zequiel, médico y espíritu —geniecillo, familiar o lo que fuere—, tan redundante en la historia de la literatura bajo el tema del pacto mefistofélico e inmortalizado por el Fausto de Goethe, ha tenido sus múltiples variantes a lo largo de la historia, e incluso con obras tan dispares y reformulaciones tan curiosas como recomendables, desde el pequeño y travieso demonio Azazel de Isaac Asimov (1988) hasta el manga y posterior anime de Death Note (2003-2006), donde es el folklore japonés el origen de la entidad sobrenatural encarnado en los dioses de la muerte o shinigamis.