El jardín de Proserpina

 

«Aquí, donde el mundo está en calma,

Aquí, donde toda tribulación es un

Tumulto de vientos muertos y olas agotadas,

En un dudoso sueño de sueños,

Veo crecer los campos verdes,

Entre sembradores y cosechadores,

Entre la cosecha y la siega,

Un mundo de arroyos perezosos.

 

Estoy cansado de risas y lágrimas,

Y de los hombres que lloran y ríen,

Del futuro del sembrador y su cosecha.

Estoy cansado de los días y las horas,

De trémulos capullos entre flores estériles,

De deseos y ensueños de gloria,

Y de todo, excepto el Sueño.

 

Aquí, la Vida es vecina de la Muerte,

Lejos del oído y la vista

Se afanan las olas pálidas y los húmedos vientos;

Giran los débiles barcos y los espíritus,

Vagan errando con la marea,

Sin saber hacia dónde se dirigen sus pasos.

Aquí, esos vientos no soplan,

Y aquí, no crecen esas cosas.

 

Aquí, no crecen hierbas ni malezas,

Flores de brezo o vides;

Sino estériles brotes de amapola,

Verdes racimos de Proserpina,

Blancas vasijas de ondulantes juncos.

Aquí nada florece o colorea,

Excepto esta flor,

De la que Ella extrae para los hombres

Un néctar mortal.

 

Aunque uno tuviese la fuerza de siete,

También conocerá la Muerte;

No despertará con alas en el Cielo,

Ni lamentará las penas del Infierno.

Aunque fuera hermoso como las rosas,

Su belleza se nublará y decaerá;

Y por más que en el Amor descanse,

Su fin no será bueno jamás.

 

Pálida, detrás de atrios y pórticos,

Coronada de tranquilas hojas,

Allí está quien recoge los frutos mortales,

Con sus manos blancas e inmortales;

Sus labios son más dulces

que los del Amor, que le temen;

Más dulces para esos hombres que se confunden,

Y llegan cansados de muchas épocas y tierras.

 

Ella cuida de uno y de otro,

Cuida de todos los mortales,

Y olvida la Tierra, su madre;

Y la vida de los frutos y los vegetales,

Y la primavera y los granos,

Y las golondrinas que se alejan y la siguen,

Allí dónde los cantos helados suenan en falso

Y las flores son despreciadas.

 

Allí van los amores marchitos,

Los viejos amores con sus alas cansadas;

Y todos los años muertos,

y todos los desastres;

Sueños deshechos de días olvidados,

Ciegos capullos que la nieve ha arrancado,

Hojas secas que el viento se ha llevado,

Rojos peregrinos de fuentes arruinadas.

 

No estamos seguros de la tristeza,

Y la alegría nunca fue segura;

El hoy morirá mañana,

Y el Tiempo no oye ningún llamado;

Y el Amor, débil e indolente,

Suspira con labios arrepentidos,

Llorando la brevedad de los amores

Con los ojos del Olvido.

 

Por excesivo amor a la vida,

Por la esperanza y el temor liberados,

Brevemente agradecemos a los dioses,

Sin importar quiénes sean,

Que la vida no sea eterna,

Que nunca los muertos se levanten,

Que hasta el río más perezoso

Llegue en sus giros al reposo del mar.

 

Porque entonces las estrellas no nos despertarán,

Ni el sol con sus resplandores de luz;

Ni el murmullo de las aguas inquietas,

Ningún sonido y ninguna visión,

Ni hojas estivales ni hojas invernales,

Ni días ni cosas diurnas;

Sólo un eterno sueño,

En una eterna noche.» 

Charles Algernon Swinburne, poeta.

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