Bram Stoker.

Drácula.

Reino de Cordelia. Madrid, 2014.

Enfrentarse con el Drácula de Bram Stoker es como hacer frente al coloso Goliat, ya que se trata de un gigante de la literatura universal y, sin lugar a dudas, del máximo exponente de literatura vampírica. Para un historiador del arte como yo, cuyo nexo principal con el vampiro es su trasunto artístico —sobre todo en el cine y en los lienzos—, acercarse al Drácula de Stoker es ir a beber de la fuente original de todas estas representaciones.

Lo primero que nos llama la atención del texto de Stoker es su utilización del género epistolar para construir el relato. Nos vamos enterando de la acción según Madam Mina, Jonathan Harker, Van Helsing y sus colegas van escribiendo en sus respectivos diarios. Esto nos hace contemplar las acciones en tiempo pasado, e implica que el escritor del diario ha sobrevivido para contarlo. Otra de las características de este género es que los protagonistas hablan en primera persona: es su propia forma personal de escribir la que nos los describe, además de las apreciaciones que de ellos hacen sus compañeros.

Por otro lado, si bien podemos conocer a los «buenos» de una forma directa, nada sabemos del conde Drácula, excepto por las especulaciones de sus contrincantes. El conde no habla. La imagen que tenemos de él es el constructo que hacen el resto de los protagonistas. Es curioso que uno de los argumentos empleados para predecir el comportamiento de Drácula sea su «mente infantil»; deducción que choca frontalmente con un personaje que lleva vividas centurias y ha sido gobernante y sangriento depredador. Esta es, en mi opinión, una inconsistencia de la obra.

El rostro de Drácula también es una cuestión en la que me quiero detener. El imaginario popular nos ha hecho percibir a Drácula de muchas maneras: el tétrico Nosferatu de Murnau y su descendiente encarnado por Klaus Linsky, el elegante Bela Lugosi, el british Christopher Lee, o el dandi seductor Gary Oldman del Drácula de Coppola. Pero el Drácula que quiso retratar Bram Stoker es diferente: ni es tan siniestro, ni tan elegante, ni mucho menos un dandi. Me llamó la atención la presencia de un bigote blanco en la descripción que Stoker hace del conde. Este dato, junto con el resto de la descripción original del libro, han inspirado al genial ilustrador Fernando Vicente, quien realiza una joya artística en las ilustraciones de esta edición y nos presenta a un Drácula firme y serio, con pose de caballero y cabello y bigote blancos que atestiguan su edad, aunque no sea, ni mucho menos, un anciano.

También quería mencionar la presencia del elemento ocultista como eje central de la novela. Como es sabido, Bram Stoker fue miembro de la Golden Dawn, la principal sociedad secreta británica de finales del xix. Este hecho transpira en la novela no solo por la presencia del vampiro como un no-muerto, sino por toda la parafernalia ritual usada para detenerlo. Todas estas prácticas y ritos no son más que una traslación a la ficción de las creencias mágicas de Stoker.

La traducción es una de las mejores de este texto al castellano: la realizada por Juan Antonio Molina Foix en 1993. El lenguaje, claro y transparente, refleja perfectamente el espíritu de la Inglaterra victoriana, lo que hace que sea una delicia su lectura. Incluye breves notas, en contadas ocasiones, para precisar algunos términos de difícil traslación al castellano.

En suma, sin lugar a dudas, una de las mejores ediciones del Drácula de Bram Stoker que se han realizado en nuestro país.

Pedro Ortega