Viajeros ilustres

Io, una luna de Júpiter

De entre todos los relatos de viajeros enviados por el Voyager mis favoritos se refieren a los descubrimientos realizados en el satélite galileano más interior, Io. Antes del Voyager sabíamos que algo raro pasaba con Io. Podíamos resolver pocos rasgos en sus superficie, pero sabíamos que era roja, muy roja, más roja que Marte, quizás el objeto más rojo del sistema solar. A lo largo de los años algo parecía estar cambiando en ella, en luz infrarroja y quizás en sus propiedades reflectoras del radar. Sabemos también que en la posición orbital de Io y rodeando parcialmente a Júpiter había un gran tubo en forma de dónut de átomos de azufre, sodio y potasio, material que en cierto modo perdía Io.

Cuando el Voyager se acercó a esta luna gigante, descubrimos una superficie multicolor y extraña, sin par en todo el sistema solar. Io está cerca del cinturón de asteroides. Tiene que haber sido aporreada a fondo durante toda su historia por rocas cayendo del espacio. Tienen que haberse creado cráteres de impacto. Y sin embargo no se puede ver ninguno. En consecuencia, tuvo que haber algún proceso en Io de gran eficiencia que borrara los cráteres o los rellenara. El proceso no podía ser atmosférico, porque la mayor parte de la atmósfera de Io ha escapado al espacio a causa de su baja gravedad. No podían ser corrientes de agua, porque la superficie de Io es demasiado fría. Había unos cuantos lugares que parecían cumbres de volcanes. Pero era difícil estar seguro…

Carl Sagan

Cosmos, capítulo VI, Historias de viajeros, página 156

Editorial Planeta, 1980

 

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