En ocasiones se enaltece el concepto de sociedad como una de las grandes proezas de la civilización, la sociedad como conjunto, en oposición a la mónada de la que nos hablaba Jameson. Pero toda la gran masa social de la que tan orgullosos nos hemos llegado a sentir en nuestra era, con todo lo que ello implica, como la libre circulación de personas, la interculturalidad y la globalización, termina presentando fisuras que invitan a la reflexión. Y es que posiblemente las relaciones humanas —la convivencia y las conveniencias— sean más complejas de lo que parecen. No somos seres sencillos, desde luego, y la interrelación con los demás es uno de los motores de la sociedad.

Desde mucho antes, pero ya en los siglos XVIII y XIX comienzan a vislumbrarse ciertas chispas que años después provocarían las inmensas hogueras de las problemáticas sociales posteriores. La doble moral de las grandes ciudades, en la que tanto incidiría Unamuno por ejemplo, es una lacra que va cogiendo forma, el arte de la mentira humana, la necesidad de aparentar innata a la burguesía o la incipiente rumorología social, el ‘qué dirán’ que se adueña de las ciudades sobre todo a partir del éxodo del mundo rural a las grandes urbes. Todo ello unido a los primerizos estudios psicológicos y neurológicos decimonónicos, que dieron como resultado que la ciencia se fijase en la bipolarización o las dobles personalidades. Obras tan misteriosas como inquietantes como El extraño caso del Dr Jekyll y Mr Hyde de Stevenson o “William Wilson” de Poe dan buena cuenta de ello, porque el tema del doble —doppelgänger—, más que una constante literaria, es la constatación de un problema humano y social; pero ya habrá tiempo de detenernos en otra ocasión en ello.

Así es como a finales del XVIII, con la inminente Revolución Francesa, se gesta Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos. La novela, de género epistolar, nos muestra de qué manera la sociedad francesa del momento se nutría de pequeñas grandes máscaras sociales mezquinas y patéticas, entramados de envidias, corrupción y regocijo ante las desgracias ajenas. Las amistades peligrosas, todo un clásico a día de hoy, esos que no se leen, sino que se releen como decía Calvino, intentando —¿sin conseguirlo?— huir del maniqueísmo en sus personajes, nos cuenta a grandes rasgos la despótica actitud de la marquesa de Merteuil intentando manejar a su antojo al no menos cruel Vizconde de Valmont encargándole que seduzca a una joven, Cecile, una inocentona que cae prendida a los encantos de un músico bonachón, Danceny. Valmont, maestro de las máscaras, jugará a varias bandas, seduciendo también a una puritana crédula, Tourvel. En este juego de enredos que oscila entre la comedia leve y el drama nos llama a participar Laclos.

Varias han sido las adaptaciones de esta novela que se han llevado a la gran pantalla, donde destacan dos, la dirigida por Frears en 1988 con Malkovich en el papel estelar de Valmont y la de Milos Forman al año siguiente. Y claro está que la temática de la novela llama todavía a nuestros días, con maravillosas adaptaciones teatrales como la de la joven compañía enTEATREnidos, ajustando con acierto el título a Relaciones perniciosas. Un reparto potente —Javier Peña, Eva Velasco, Mercedes del Olmo, Patirke Mendiguren, Saida Fuentes y Alejo Moreno—, una puesta en escena ambiciosa y moderna que conjuga el minimalismo y el vestuario barroco, una dirección atrevida y acertada —Pedro Moraelche—… Todo ello convierte este juego de máscaras sobre el escenario en una cita imprescindible para aquellos residentes en Madrid —estreno 2 de abril— que no dejará indiferentes a jóvenes y mayores.