«¡Ah! Qué difícil la búsqueda de lo perenne en lo cambiante; pero así hay que vivir; buscando, buscando siempre, aunque sea entre gemidos y congojas; aunque las lágrimas nos ahoguen la voz y nos enturbien los ojos. Buscar, buscar hacia lo profundo, hacia lo alto, hacia la entraña de todas las cosas, de todos los seres, de todos los dramas… hasta hallar a Dios o hasta que Dios nos halle a nosotros y su reino venga a la tierra. A ver si en esa forma la vida adquiere algún sentido y llegamos a saber a qué vinimos al planeta convulso, qué misión nos incumbe y por qué hemos de tornar en alguna hora al gran laboratorio de la Naturaleza, inexorable, indiferente a nuestra angustia… Mas, entre tanto, continuar buscando, buscando lo permanente en lo indiferente a nuestra angustia… Mas, entre tanto, continuar buscando, buscando lo permanente en lo efímero, lo perenne en lo cambiante: Dios en la viajera nube, lo eterno del trino en la garganta del ave, lo eterno del color y de la esencia en el sedeño pétalo de la rosa… Afán de conocer, empeño de partir la tiniebla para encontrar la luz y poder apresarla… Todo con un cerebro demasiado pequeño para tan dura faena… Gota de agua, que ambiciona en su locura abarcar el océano del ser; luciérnaga que, alucinada con su fría luminosidad esmeraldina, pretende competir con el sol; celdilla cerebral, que infatigable y temerariamente ambiciona desentrañar todos los misterios, desenmascarar todas las esfinges y hallar en la tupida selva de la duda el rostro de Dios… Pero aquí nos asalta, sin saber por qué, la pregunta de Ernest Renan: «¿Quién podría definir si la fuerza de la inteligencia consiste o no en abstenerse de concluir?» «¿No será éste, en última instancia, nuestro fatal dilema: o saber limitarse o perderse?» desde otro ángulo, ¿no constituirá la duda -¡Oh Descartes! ¡Oh Renan!- un elemento esencial del progreso de la inteligencia humana? Quien no duda no adelanta camino. Quien duda, debe afanarse en desentrañar el objeto que motiva su propia duda. Investigar, investigar siempre, hasta tropezar con la esencia de las cosas o ser tragado por la fatalidad…»

Noé de la Flor Casanova
Viajes por el mundo de mis libros, páginas 74-75
B. Costa-Amic editor
México 1, D. F.

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