Las profundidades marinas

Cuántas veces nos habrán recordado lo poco que conoce el ser humano su propio planeta… O que la mayor parte de los esfuerzos —e inversiones— científicos van destinados a los soñadores ojos que miran hacia las estrellas. Hoy en día sigue siendo una realidad que el universo está infinitamente —nunca mejor dicho— mejor explorado que las profundidades de nuestros océanos, y que conocemos el uno por ciento del lecho marino. Claro que, esta afirmación tiene una pequeña trampa, ya que ese ‘1%’ hace referencia a las zonas más profundas de nuestro mundo, es decir, de toda la masa de agua que ocupa el planeta, lo menos conocido en la actualidad, en parte por la inaccesibilidad, son las zonas denominadas abisales —situadas entre 4000 y 6000 metros— y hadales —a partir de los 6000 metros de profundidad—.

La oscuridad y la hostilidad que caracterizan estas zonas marinas convierten los océanos en mundos desconocidos hasta tal punto que los seres que lo habitan —una lista a la que día tras día se van sumando especies nuevas— no dejan de sorprendernos. Las criaturas abisales, que tomamos más como monstruos de lejanos planetas que como formas de vida familiares, despiertan nada más verlos nuestra animadversión más primitiva, y tienen todas las papeletas de llevarse el título oficial de “moradores de lo desconocido” con todos los honores. De hecho, y recordando la noticia del documental de H. R. Giger de hace un par de semanas, el artista suizo encontró la inspiración para la creación del célebre xenomorfo en una de estas criaturas, un minúsculo crustáceo translúcido conocido como phronima.

La dificultad de llegar a estas profundidades sobre todo radica en la problemática de la presión y cómo soportarla, sin tener en cuenta la ausencia total de luz, puesto que los rayos de sol sólo penetran en los océanos hasta los doscientos metros de profundidad. Hasta la fecha pocas expediciones han conseguido llegar hasta las profundidades abisales, y menos aún las tripuladas. Equiparada a la llegada del hombre a la Luna, la conquista del fondo marino se inició en 1960 con Jacques Piccard, aunque no se volvería a alcanzar de forma tripulada hasta el 2012, cuando el cineasta James Cameron consiguió realizar la hazaña rodando el documental Deepsea Challenge (2014). Entretanto diferentes robots han ayudado en la exploración de los abismos, entre ellos el japonés Kaiko en la década de los noventa o el fruto de un proyecto internacional Nereus, que tras alcanzar los 11000 metros de profundidad en 2009 siguió operando en la investigación marina hasta que en 2014 sufrió un trágico desenlace y quedó perdido para siempre. Huelga decir que no todas las expediciones se han llevado a cabo en la Fosa de las Marianas, quizá más famosa por ser la más profunda con once kilómetros de profundidad, existen otras muchas fosas a lo largo del planeta como la de Kermadec (10000 metros), la de Bougainville (9100 metros) o la de las Aleutianas (7500 metros).

Muchos son los secretos escondidos en el fondo del mar, más allá de las míticas llaves de la canción popular, así como los misterios que encierra o las leyendas que evoca. Y es que más allá de las archiconocidas antiguas civilizaciones perdidas y sumergidas en las profundidades, los océanos guardan respuestas para conocer nuestra propia historia. Es curioso,  a la par que un hervidero de teorías, el caso de las ruinas Yonaguni, situadas mar adentro al este de Taiwán, en la cadena de islas japonesas del mismo nombre. Se trata de una serie de estructuras que recuerdan, entre los zigurats y las pirámides, a construcciones arquitectónicas laberínticas propias de una antigua y compleja ciudad. Hoy en día todavía los expertos no se ponen de acuerdo sobre su origen y las teorías varían desde la antigua civilización hasta la formación por placas tectónicas de forma natural. Claro que, para alguien como yo, no versado en el mundo geológico, al verlas no puedo evitar pensar en los imposibles ángulos de la ciudad de pesadilla de R’lyeh, la creación lovecraftiana y morada submarina —¿o ciudad dormitorio?— de Cthulhu en “La llamada de Cthulhu”.

Y siguiendo en la línea de las antiguas civilizaciones, más allá de la Atlántida, merece la atención la novela Abducción de Robin Cook. Se nos narran las expediciones de un grupo de científicos que descubren una maravillosa civilización en las profundidades marinas, una civilización totalmente viva en la actualidad, organizada, pacífica, superior tecnológicamente y, por qué no decirlo, también en el sentido humano. Una trama llena de descubrimientos y sorpresas, pero también sospechas y misterios…

No debemos olvidar, por último, la obsesión del propio James Cameron, hoy día inscrito en la historia de los hitos científicos, pero que tiempo atrás ya desplegó toda su creatividad y fijación en las profundidades del océano, y no justamente por enviar allí los restos del Titanic. La película Abyss (1989) supuso no sólo el reconocimiento con un premio Saturn y un Oscar, sino todo un cambio de perspectiva en cuanto a la visión de las profundidades marinas y las aventuras en busca de vida inteligente, en síntesis una increíble y genial historia que narra también las superaciones del hombre o cómo entender la naturaleza del ser humano.

Sin duda un recorrido, el de las profundidades abisales, que si no se nos taponan los oídos, merece la pena recorrer.