“Entré, encantado, y de una pila cubierta de telarañas

cogí el tomo más cercano y hojeé su contenido, estremeciéndome

ante las extrañas palabras que parecían guardar algún secreto,

monstruoso si alguien llegase a conocerlo.

Entonces, buscando algún vendedor ya viejo en su puesto,

no pude encontrar nada sino una voz que reía.”

Soneto “El libro”, Hongos de Yuggoth, Lovecraft.

 

Ratones de bibliotecaLos libros, esos ilustres apilados, ejército inmóvil y silencioso de bibliotecas y, en muchas ocasiones, olvidados en nuestras propias estanterías. Son ellos los responsables de entretenimiento, deleite, desesperación y placeres varios. Pero también nos muestran desgracias o agonías y son testigos de multitud de secretos que esconden bajo sus páginas como cisnes con la cabeza bajo el ala. Son, al fin y al cabo, cultura. Y cultura, muy a nuestro pesar que se vende demasiado cara hoy en día, imponiéndoles precios que no se corresponden, cargándoles de valores que no ayudan a su expansión. También llegan incluso a ser célebres por el alto precio que se puede pagar por ellos, como el manuscrito lovecraftiano del que os informaba semanas atrás, que fue vendido a un coleccionista privado por 33.600 $.

Pero una de las visiones más curiosas de los libros sucede cuando de creadores pasan a creados. Cuando el libro se convierte en “personaje” ficticio y se alimenta de sí mismo, retrotrayéndose en su propia e inventada mitología y haciéndose leyenda. Tantos son los autores que han creado libros imaginarios y tal ha sido su transgresión, que aún a día de hoy lectores curiosos jugando a detectives o viejos libreros engañados, siguen buscándolos por inmensos y antiguos catálogos bibliográficos. No busquéis más, por desgracia estos tres ejemplos ilustran libros que nunca existieron —aunque a muchos nos encantaría—.

La ya clásica obra satírica de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel, por su imaginario grotesco, deformado y lleno de mordaces críticas a la sociedad del momento, ostenta una de las primeras bromas filológicas de libros inventados. De una narrativa un tanto compleja e incluso pesada para nosotros, lectores del siglo veintiuno, este conjunto de novelas —de las que se han sacado teorías literarias— nos presenta a dos gigantes, padre e hijo, cada cual más atroz. El hijo, Pantagruel, se da en ocasiones a devorar, más allá de su insaciable gula, curiosos libros, en su mayoría de una escatología disfrazada de elegancia. Así es como surge Ars honeste petandi in societate, un supuesto tratado sobre cómo deben expulsarse ventosidades en público. No queda muy lejos de, barriendo para casa, pero sin duda disponible en librerías, Gracias y desgracias del ojo del culo que Quevedo compuso allá por 1620.

En cambio, otras obras igualmente ficticias terminan siendo mucho más conocidas, bien por el círculo de lectores que la conocen o por las veces que han sido citadas. Tal es el caso de las famosas tres leyes de la robótica que todo fan de Asimov conocerá. Padre de la ciencia ficción hard, Asimov formula estas leyes no sólo como libro ficticio —incluidas en el Manual de robótica, 56ª edición, año 2058—, sino como uno de los pilares fundamentales en los que se apoyarán muchas de sus más famosas obras, e incluso hoy siguen siendo fundamentales. Así es como aparece por primera vez en 1942, en el relato “Sentido giratorio”, segundo texto que compone Yo, Robot (1950).

Pero sin duda alguna, el texto ficticio más famosos, mencionado, citado explícitamente y con más leyenda tras sus páginas malditas, es el Necronomicón. El macabro grimorio que ideo Lovecraft, contiene supuestamente la más oscura información acerca de los Antiguos, los Primigenios y las diferentes y terroríficas deidades que pululan por el universo lovecraftiano, desde cómo invocarlos o adorarlos, hasta los secretos para hacer que Cthulhu resurja de las profundidades marinas. Para conferir más veracidad a este curioso volumen, Lovecraft describió pormenorizadamente su historia bibliográfica en el pseudo-relato “Historia del Necronomicón”, y detalla su autor, el poeta árabe inestable mentalmente Abdul Alhazred, su título original Al-Azif —el ruido nocturno de los insectos similar al murmullo de los demonios—, y todas las versiones traducidas pasando por el griego, latín, alemán, italiano y, curiosamente, la última traducción conocida, del siglo XVII, al castellano. Para culminar su vagar cultural, no hay que olvidar que el Necronomicón goza de múltiples menciones y apariciones en el cine, desde el Terror en Dunwich (1970), pasando por la saga de humor negro y gore Evil Dead (1981-1992) hasta su versión más paródica y deformada en series de dibujos animados como Hora de aventuras (2010 ~).

Quién sabe… después de todo, es posible que exista algún ejemplar perdido…