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La androginia de san Sebastián

Gustave Moreau, San Sebastián atendido por mujeres santas, 1869.
Gustave Moreau, San Sebastián atendido por mujeres santas, 1869.

El tema de la androginia es uno de los favoritos de los pintores simbolistas a finales del siglo XIX. El gran padre de la pintura simbolista, Gustave Moreau, no es ajeno a esta temática. De hecho algunas de sus figuras tienen una carga homoerótica evidente a la vez que están emparentados con la divinidad. Es el tema de la androginia divina que ya vimos la semana pasada en el caso de Jean Delville.

La pintura de Moreau se mueve en una panorámica pagano-cristiana y cuando trata al andrógino, siempre lo hace desde la perspectiva de la trascendencia. Por una parte sus san Sebastianes, que representarían la vía cristiana, o su Apolo, dios de la belleza masculina, cuando mira a la vertiente pagana. Su Júpiter y Sémele es también otro ejemplo de androginia: un dios que en sus primeros bocetos era barbado y poderoso, aparece imberbe y dulcificado en la versión final. En lo que concierne a Apolo, Moreau trata el tema tanto al comienzo de su carrera como en su madurez, y en ambos casos se trata de un arquetipo andrógino. Esto nos revela que el ideal andrógino es una constante a lo largo de toda la obra de Moreau. Si bien el Apolo de su juventud sigue un modelo rafaelesco, su versión posterior nos refleja toda la personalidad de Moreau. Además, Apolo está investido de una aureola, lo que le concede unos ciertos visos de cristiandad. Aquí el dios pagano parangona a Cristo. Moreau, en su obsesión orientalizante dotó a la escena de una atmósfera recargada por la combinación de elementos cristianos y paganos en una suerte de mixtura iconográfica compleja.

Gustave Moreau, El martirio de san Sebastián, 1869.
Gustave Moreau, El martirio de san Sebastián, 1869.

Hablando de andróginos, una figura clave de la pintura de Moreau es la de san Sebastián, cuyos referentes arrancan del Renacimiento y se mantienen a lo largo de la tradición pictórica europea de la Edad Moderna. Estos referentes andróginos aparecen también explícitos en el tratamiento del tema por Moreau, como mencionábamos. Incluso diríamos más: Moreau va a sentar las bases estéticas para la configuración de la figura de san Sebastián como icono gay, no sin contar con los referentes literarios finiseculares como lo son el Sébastien Roch (1890) de Mirbeau, Le martyre de Saint Sébastien (1911) de D’Annunzio y Sebastian im Traum (1915) de George Trakl.

Gustave Moreau, Apolo y los sátiros, 1895.
Gustave Moreau, Apolo y los sátiros, 1895.

Podríamos decir de san Sebastian en Moreau que se trata en cierto modo un mártir que emula a Cristo desde el punto de vista iconográfico, aunque con particularidades. Si miramos a su hagiografía, Sebastián muere joven, atado a un poste, semidesnudo y es asaeteado por los hasta entonces compañeros del cuerpo de arqueros que le consideran traidor por abrazar la fe cristiana. La truculencia fue la característica en la representación tradicional del santo, sobre todo en los temas en los que las innumerables flechas atraviesan la carne macilenta de un joven san Sebastian, que bien puede recordarnos a los Cristos sanguinolentos del Barroco español.

Pero sin embargo en Moreau encontramos un Sebastián joven y andrógino, caído, en ausencia de las mortales flechas, acompañado de mujeres que recogen su cuerpo, junto al árbol que asemejaría a la cruz. Podíamos decir que Moreau casi pinta Piedades cuando retrata a Sebastián. Esto nos lleva a ponerlos en paralelo con algunos Cristos efébicos previos al fin de siglo, como lo es el Cristo de Goya, que probablemente sea uno de los modelos para la iconografía de la androginia de Cristo en el siglo XIX.