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Leyendas y curiosidades del Cementerio de Sevilla

A partir de mediados del siglo XIX en Sevilla se condensaron los enterramientos -que hasta entonces se dispersaban en pequeños cementerios locales vinculados a parroquias u hospitales- en una única necrópolis. Inicialmente esta se denominó de San Sebastián y se ubicaba próxima al Hospital de San Lázaro, y después de San José, situada en terrenos de la Cartuja, si bien no fue hasta 1851, bajo la planificación del arquitecto municipal Balbino Marrón, cuando se comenzaron las obras del actual cementerio de San Fernando, inaugurándose finalmente en 1853.

 

Este presentaba un urbanismo ajardinado, novedoso y cuidado: al considerar los nichos poco agradables y sin «visitas», se relegaron a los espacios perimetrales, utilizándose masivamente para difuntos que no tuvieran demasiadas «visitas» de sus deudos; sin embargo, la calle central -de cerca de 1 km. de longitud y tres rotondas-, así como las adyacentes a la misma, fueron dedicadas a los panteones y tumbas destacados, correspondientes a personajes ilustres y pudientes de la ciudad; todas estas calles tenían nombres de santos o eclesiásticos, pero, eso sí, no podían repetir la misma nomenclatura que las calles urbanas, ya que a nadie le gustaba vivir en una dirección que tenía su homóloga en el camposanto.

El esquema constructivo se entendio como bipartito: el cementerio para sepultura de los católicos, mayoritarios, y el de disidentes, para todos los demás. No obstante, en 1936 se añadió un tercer espacio: el musulman, ya que Francisco Franco se trajo a España durante la Guerra Civil a numerosos marroquies, que exigieron poder enterrarse bajo su propio rito funerario; sin embargo, a penas si se usó, ya que los muertos en el frente eran difícilmente «repatriables» hasta Sevilla, para su inhumación como muslín. Y en 1943 se añadió un cuarto sector diferenciado, en este caso para los practicantes del judaísmo (la meará sefardita).

En el cementerio de San Fernando se condensan auténticas pequeñas joyas de la arquitectura y la escultura: ejemplos son las capillas de los López-Solé y la de los Peyré, realizadas por el insigne arquitecto sevillano Aníbal González; o su propio panteón, donde existe un Cristo llamado del Cachorro, imitación de la tan afamada talla del mismo nombre que en Semana Santa procesiona por las calles de Sevilla. Lo curioso es que se ha llegado a decir que el auténtico es el del panteón y que el de la iglesia, en realidad, lo imita. O el tenebroso mausoleo del Conde del Águila, que arrastra una tétrica leyenda ya que parece ser que en el mismo se han producido apariciones fantasmagóricas… También es curioso el monumento a los caídos en la Guerra de África, pues en su afán por algo así como el clacisismo, imita a los túmulos licios. O la tumba del cantante Antonio Machín, en este caso, mas que por el valor artístico, por la tradición que aun mantienen sus familiares, dado que una vez al año, derraman una botella de ron cubano sobre su lápida y cantan sus canciones.

Otros cenotafios, como el de Miguel Tenorio o el del marquesado Pickman presentan una simbología repleta de elementos masónicos y, en el caso del último, sufrió los avatares que sucedieron a la muerte en duelo del III Marqués, Rafael de León, ya que, debido a la forma en la que perdió la vida, no podía ser enterrado en sagrado, lo que conllevó la ida y venida de católico a disidente y viceversa, en dos ocasiones, del ataúd del noble duelista.

Es lamentable que algunas de las grandes y viejas tumbas estén en un estado total de abandono (la familia propietaria habrá desaparecido o no se acordará de sus antiguos difuntos), quedando visibles desde el exterior, incluso, los restos esqueléticos de los allí enterrados.

También hay una magnífica estatuaria de personajes hispalenses: la del notable pintor José Villegas, director que fue de la Academia de Bellas Artes de España en Roma y del Museo del Prado, cuya tumba presenta, además de la consuetudinaria cruz, la imponente figura de una dogaressa en bronce y una paleta de pintor, confiriéndole este último detalle un toque de romanticismo.

Son numerosos los monumentos de toreros, el más conocido de entre ellos el de Joselito el Gallo, cuyo túmulo fue realizado por el conocido escultor Mariano Benlliure y del que se dice que la gitanilla que va delante del cortejo llora de verdad…  Pero, quizás, la escultura mas representativa de esta necrópolis sea el Cristo de las Mieles. Esta imagen atesora su particular historia: encargada al reconocido escultor Antonio Susillo, este crucificado de bronce tiene en su haber dos leyendas: la primera es que se creyó milagroso ya que de sus labios manaba agua; incluso técnicos del Vaticano estuvieron verificándolo y no fue hasta que se observó su boca por dentro, que se constató que no se trataba de agua sino de miel, ya que las abejas habían realizado un panal en su interior y,  al llegar el verano, cera y miel se licuaron, llegando a rebosar y escurrir por rostro y torso. La otra leyenda es mas trágica, puesto que se pensó que Susillo se había suicidado por culpa de esta imagen. Resulta que, estando maltrecha su economía, el escultor esperaba rehacerla gracias a lo que recibiera por tan extraordinaria obra; sin embargo, descubrió que se había confundido: tenía cruzada la pierna al lado contrario de lo habitual y, pensando que ya nadie la querría con ese defecto, se disparó en la cabeza con una pistola. Años después, el Cristo fue instalado en la primera rotonda de la arteria principal del cementerio: la calle de la Fe; la enorme cruz queda soportada por una elevación de piedras que representan al monte Gólgota, y allí, a una pequeña cripta, fueron trasladados los restos mortales de Susillo en 1940, una vez superados los recelos eclesiásticos  por tratarse de un suicida.

Otro espacio de interés dentro de esta gran necrópolis es el cementerio de disidentes. Aquí se inhumaban todos aquellos cadáveres que no habían recibido las exequias católicas: protestantes y otras religiones (menos los ingleses que tienen su propio cementerio por el barrio de San Jerónimo) además de niños sin bautizar y los que se quitaban la vida. Hacia 1931, con la República, se derribó gran parte del muro que lo separaba de los otros sectores de enterramiento, siendo ahora apenas visible. Hoy en día está casi vacío: hay fosas comunes, se mantienen algunas olvidadas tumbas en el suelo; los escasos nichos no se utilizan y, lo que si se conserva, es un pequeño monumento en forma de pilar rematado en una esfera de piedra, recordatorio de cuatro marineros noruegos que perecieron en el accidental bombardeo, durante la Guerra Civil, del vapor  Gulnes, atracado en ese crítico momento en el vecino puerto de San Juan de Aznalfarache.

Y el último área individualizada del cementerio hispalense es el dedicado a los profesos del judaísmo. Tuvo un origen mas tardío -en 1943- ya que hasta entonces, los difuntos de esta religión se inhumaban en una franja de terreno indiferenciada del resto, que fue otorgada por el Ayuntamiento a la comunidad judía en 1900 y que estaba próxima a la zona de fosas. En 1949, por petición de una comisión estadounidense entre la que se encontraban varios judíos, se solicitó por vía oficial la mejora de “su” cementerio. Es curiosa la circunstancia de que, en este caso, una de las mejoras requeridas era vallarlo completamente, al objeto de que estos difuntos estuvieran nítidamente diferenciados de los de cualquier otro credo.   

Fotografías: Esther Núñez Pariente de León.

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Alfonso X: vida, obra y su tiempo

Como todos sabéis, desde Mistérica seguimos los interesantísimos ciclos de conferencias que ofrece la Fundación Juan March. Esta vez queremos compartir con vosotros dos conferencias sobre la figura de Alfonso X el Sabio. Las conferencias han sido impartidas por el profesor Isidro Bango de la Universidad Autónoma de Madrid.

Fuente: Fundación Juan March

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ALFONSO X. LA MODERNIDAD DE UN REY VISIONARIO E INCOMPRENDIDO

Interpretar la figura y la obra de Alfonso X sigue siendo en nuestros días algo controvertido. Sin duda la amplísima historiografía que se ha desarrollado en el último siglo ha ido enriqueciendo un mejor conocimiento de su persona y de su obra. Su promoción de las actividades culturales ha sido tanta, que su condición de persona y de gobernante no sólo han sufrido menoscabo, sino que a veces se ha querido ver en él más sombras que luces. Es evidente que el desprecio absoluto por el valor de la cultura expresado por el padre Mariana ha sido decisivo para la interpretación del reinado alfonsí, basta ver el perfil que nos ofrece del personaje: «–un monarca– más a propósito para las letras que para el gobierno de los vasallos: contemplaba el cielo y miraba las estrellas; mas en el entretanto perdió la tierra y los reinos». Resulta curioso que el jesuita historiador, movido por una tradición historiográfica antialfonsina, no advirtiese que se encontraba con el mejor exponente de su teoría, supuestamente moderna, sobre las condiciones de un príncipe del siglo XVI. Y lo que es todavía peor, la «modernidad» de la política de Alfonso X se llevaba a cabo tres siglos antes de que fuese una realidad teórica.

Corregido en gran parte el error y sarcasmo de Mariana y su secuela historiográfica por los historiadores de las últimas décadas, todavía subsiste, a mi parecer, un cierto miedo a ofrecer una visión no políticamente correcta del monarca y su vida personal. Prueba de ello es la visión que se tiene sobre su actuación frente a tres fuerzas sociales determinantes de su reinado: pueblo, nobleza y autoridad eclesiástica. Otro tanto ocurre al no atreverse a manifestar sin ambages su postura sobre un tópico de nuestro Medievo: «la convivencia de las tres religiones». No ver solo en el «fecho del imperio» ambición personal, sino buscar un protagonismo de los «naturales» de sus reinos en la andadura de Europa. Tampoco se ha intentado comprender su soledad, con una familia rota, sus miedos y titubeos al decidirse por el deber ser de la ley en la sucesión de la corona. Por último, una historia, que busca vender fantasía novelesca, nos lo quiere presentar como un heterodoxo o como un verdadero hereje nigromante, al que fue un piadoso practicante de los principios cristianos, aunque no de los comportamientos de una Iglesia demasiado interesada por los asuntos terrenales.

Audio de la conferencia.

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LA ASOMBROSA CULTURA DE UN REINADO EN LA EUROPA DEL SIGLO XIII

Es reconocida en España la asombrosa obra cultural promocionada por Alfonso X, incluso el numero de hispanistas que se han ocupado del tema es muy considerable, posiblemente mayor que cualquier otro momento de nuestra historia. Sin embargo no podemos decir que, fuera de nuestro país, su reconocimiento popular tenga un gran éxito, o por decirlo de otra manera, cualquier hombre de una cultura media sobre Europa sea capaz de reconocer a nuestro monarca y sus obras. Si abrimos cualquier manual sobre la historia de Europa, veremos allí que la figura de referencia del siglo XIII es Federico II Hohenstaufen, curiosamente un primo hermano de la madre de Alfonso. Sus conocimientos personales y sus obras hicieron que su figura se integrase en la memoria histórica de Europa con el nombre de Stupor mundi, es decir «El pasmo del mundo». Sin pretender crear una estéril competición, pero obligatoriamente teniendo que entrar en algunas observaciones puntuales que hagan justicia a nuestro monarca, tendremos que afirmar rotundamente que no son comparables ni por su contenido, ni por la universalidad de sus conocimientos, las obras del Sabio con las del Pasmo del mundo.

En la conferencia abordaremos tres aspectos fundamentales para un mejor conocimiento de la obra alfonsí: protagonismo del rey y sus colaboradores; significado de su obra en el contexto del devenir de la cultura europea y la visión sesgada a partir de una historia de los estilos; y formas y espíritu en las imágenes pictóricas de sus libros.

Audio de la conferencia.

 

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El misterio de Tartessos

Templo del Sol en Sevilla

El portal historiayarqueología.com recoge una noticia publicada por María Reyes López Pérez, en la que pone de relieve la teoría de Elena Wishaw, según la cual la ciudad de Sevilla sería la antigua Tarsis-Tartessos. Esta teoría apareció publicada en su libro titulado “Atlantis in Andalucia”, de principios del siglo XX, sin que los científicos le hicieran mucho caso. La existencia de un “Templo del sol” en el subsuelo sevillano es lo que lleva López Pérez a solicitar a los científicos y a las autoridades que se vuelva a excavar y a investigar en ese recinto en el que todavía existen varios enigmas por desvelar.

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Fuente: www.historiayarqueologia.com